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Cuento de invierno

Un hombre alegre, alto de luenga barba camina por el corredor de la casa…

Somorujo y Cocorrín

Fernando García Álvarez

A mis abuelos

Nada mejor que despertar calientito con los ojos dulcemente entrecerrados y desperezarse a pierna suelta en una esponjosa salea de borrego mientras el crepúsculo se anuncia fresco y oloroso a ocote y humo de leña seca, más delicioso aun si los chinacates magueyeros ya patinan en el aire juguetones haciendo piruetas a lo largo de la milpa, el pan casi listo dorándose en el horno y la leche hervida se enfría en un jarro sobre el pretil del vetusto corredor. Tímidamente surge la música de los grillos y a medida que se obscurece el cielo van creciendo las notas de la orquesta camuflada en la floresta.

-Mmm rrrñau hora de almorzar- piensa Somorujo y complacido estira sus músculos en todas direcciones, arquea la espalda como rama de capulín y encoge los brazos y las manos como un pianista interpretando a Chopin, lanza las piernas a los lados con esas patitas llenas de uñas tan filosas como pequeños garfios, la gorda cola parda igual a la de los mapaches adopta la postura de una serpiente que baila hipnotizada. Convertidas en radares giratorios sus orejas se inclinan rotando en todas direcciones y los bigotes aguamieleros van recuperando tono formados en hileras perfectamente delineadas.

Coocorrrín, coocorrrín, coocorrrín dice el canto que baja por la cañada de pinos y oyameles, se escucha el trino hasta el último rincón de la casa y somormujo se sienta con los ojos muy abiertos, acicalándose a lengüetazos largos, parsimoniosos y se rasca un poco para seguramente avispar a las pulgas. Estamos en el helado invierno y la neblina aflora saltando como una cascada de espuma desde la cumbre de la montaña y es tan nítida como el canto del cocorrín -una pequeña ave- que acostumbra desde tiempos inmemoriales a inaugurar las noches de la montaña, noches que abigarradas de vapores y ruidos misteriosos nutren las entrañas de la tierra.

Un hombre alegre, alto de luenga barba camina por el corredor de la casa seguido de cerca por un coro de maullidos, es el abuelo a quién llaman cariñosamente don Ángel y va llamando uno a uno y por su nombre a los hermanos de Somorujo; Tilín, Muti, Burro, Tiburcio, Aristófanes, Puma y a Gaiferina la gata barcina que con sus cuatro cachorros dando brincos y carreras se acercan al abuelo ya instalado cómodamente en una silla de madera labrada y trepan por sus piernas hasta el regazo donde reciben un trozo de crujiente pan recién hecho y remojado en leche tibia, siguen por turnos hasta que cada felino recibe de esas nudosas manos una cariñosa porción. El pantalón de don Ángel es una especie de musgoso archivo deshilado en el que se han registrado día a día todas las uñas de los escuincles bigotones de la casa.

– ¡Feliz nochebuena! – dice el abuelo a los felinos que ya satisfechos se acomodan a los pies del hombre.

A lo lejos se puede escuchar la algarabía de los chiquillos que rompen una piñata, los nietos de don Ángel e hijos de los vecinos cantan a coro los populares versos

¡Dale, dale, dale no pierdas el tino

Porque si lo pierdes, pierdes el camino

Bajen la piñata, bájenla un tantito

Que le den a palos poquito a poquito!

Una vez satisfecha el hambre y relamiéndose los bigotes Somorujo con la cola por todo lo alto atraviesa el corredor hasta el umbral de la puerta, se detiene y voltea para despedirse con una mirada, el abuelo sonriente lo mira divertido y le recuerda.

-El tecolote al ocote, el pingüino a su destino y la sal a su santísimo lugar; atención Somorujo brujo el botiquín está casi vacío, así que cuídate de la lechuza y los cazadores ¡eh pequeño bandido!, te quiero de vuelta completo; 2 orejas, rabo, cuatro patas y dieciocho dedos-

Y es que el pago por las andanzas en la montaña es alto; nuestro amigo ya perdió un ojo en una noche parecida a esta, fue en una feroz batalla con esa temible lechuza que apareció de la nada en el más absoluto sigilo para atacarlo sin piedad con dos poderosas garras por el lomo mientras encajaba en su cara el acerado y puntiagudo pico logrando extraerle un ojo, apenas una retahíla de zarpazos desesperados como respuesta lograron herir al ave que sorprendida lo soltó huyendo permitiéndole así salvar la vida. Su duro pellejo también guarda postas de plomo insertadas profusamente como doloroso recuerdo de los cazadores nocturnos que salen a matar todo lo que encuentran a su paso deslumbrando a las víctimas con una lámpara -brutos ignorantes- se dice a sí mismo Somormujo que recordando estos detalles ya ha salido de los límites de la pequeña propiedad llamada rancho Raco y se adentra como una sombra en la cañada del pintor ya dentro del bosque.

Se percibe la humedad espesa que anida en las profundas capas de hojarasca, el viento frío es apenas un soplo frágil, un leve murmullo que sirve de fondo a una sinfonía de ruidos; el croar ocasional de ranas y algún sapo, el siseo de las víboras de coralillo, cascabel y algunas culebras, alas abanicando la bruma, pezuñas escarbando raíces en el lodo, zarpas trepando por los árboles, picos taladrando madera podrida, casi se puede escuchar el zumbido de las luciérnagas que como apariciones de ámbar semejan jugar a las escondidas. Lo único que parece descansar en un hondo silencio como queriendo ser invisibles, son los enjambres de millones de mariposas monarca que unas junto a otras en cerradísima formación como los pétalos de una rosa cuelgan doblando con su peso las ramas de los oyameles y encinos.

Ahí está el final del paseo; un imponente árbol que aún en la obscuridad refleja la luz de la luna llena en su lustroso tronco de vivos tonos naranjas, rojizos y dorados, es un madroño imponente como un castillo de fuertes ramas como altas torres que se entretejen en un laberinto de nudos y follaje mecido suavemente por el sopor de la profunda barranca que con su difícil acceso ha impedido el paso a los leñadores que devastan el monte.

Las horas de viaje y sus riesgos son nada cuando la amistad impulsa la determinación de nuestra sangre, en una de las ramas más altas anida el cocorrín, compañero de andanzas y querido amigo de Somorujo.

-Viejo y añorado hermano, bienvenido a mi modesto hogar que se honra con tu presencia, que las hadas y los chaneques del bosque te colmen de bendiciones y premien tu valor por este largo y cansado viaje -con estas palabras recibió cocorrín a Somorujo que tiene un carácter reservado y al paso de los años se ha vuelto un tanto gruñón – no es nada, quería estirar los pies y recordar viejos tiempos contigo, viejo pájaro del alba y el crepúsculo -contestó dándole un abrazo.

Mucho tiempo fue el que conversaron de diversas cosas, a veces riendo a carcajadas y otras con la corrección que obliga el protocolo de los magos del crepúsculo, porque es de todos conocida la estirpe guerrera de los cocorrines y los gatos barcinos. Intercambiaron recetas y encantamientos, contaron las estrellas del solsticio de invierno, nombraron con cantos muy antiguos a los hongos que nacerán en septiembre y conjuraron las plagas con algunas invocaciones, se dieron por muy agradecidos con la vida de esta dimensión, elevaron plegarias para que el sol siga avanzado en su corcel dorado equilibrando los ciclos naturales y ya casi para despedirse dijo cocorrín -tenemos poco tiempo, los hombres se están perdiendo, el alma ha escapado de sus cuerpos y sólo unos cuantos cumplen con su pacto de cuidar el mundo.

-Cierto, y bien poco podemos hacer, nuestra propia existencia es ahora un milagro, enfrentemos nuestro destino con valor, los seres humanos han sido presa de su ambición desmedida y ya pagarán en su momento, sólo nos resta tener compasión- respondió Somorujo.

-Hasta pronto incansable guerrero, que en tu retorno te guíen las visiones del gran espíritu más que las de tu cansado ojo, lleva a don Ángel y a doña María mis bendiciones y siempre ten presente sus consejos.

-Sea pues, rey del ocaso, que tu canto vibre siempre y tus alas toquen el azul más puro del cenit.

Somorujo emprendió la vuelta a casa un par de horas antes del amanecer, a toda velocidad, corriendo cuesta abajo cual avalancha peluda, sin detenerse un solo momento sorteó con gran experiencia y sabiduría los puntos difíciles y los pasos de montaña peligrosos en los que los coyotes, linces y lechuzas son un peligro permanente por suerte a esa hora ya no había cazadores en el campo, a lo lejos vio la casa y se sintió complacido y seguro.

Relajó la marcha cuando entró al rancho respirando tranquilo, sin darse cuenta al doblar una esquina del jardín del lado que no tenía ojo, topó de frente con una mirada asesina y un chillido estridente.

Los abuelos Ángel y María estaban de pie en el corredor y tomaban su café en jarritos, de improviso don Ángel se llevó las manos a la cara tirando en ese descuido la bebida y el pequeño batallón de gatos que lo acompañaba salieron disparados como centellas en todas direcciones tropezando con lo que había al paso.

–¡Te chingó de nuevo el zorrillo! -le dijo tiernamente el abuelo a Somorujo cubriéndose la nariz con el paliacate. Y sí, el seguro de viaje de los chaneques no cubre accidentes domésticos, y todavía faltaban las bromas de los nietos citadinos cuando lo bañaran. El verdadero final del viaje aun para los magos es un misterio insondable.

 

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1 comentario

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  1. Luis Fernando Ulloa Hosking

    febrero 19, 2021 en 11:23 pm

    Agradable texto que trasmite emoción en su lectura.

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El hombre de la cueva

Hay gente que no cree en el Diablo

Nuestros demonios. Ilustración de Fernando García Álvarez

El hombre de la cueva

Víctor Salgado B.

Hay gente que no cree en el Diablo. Algunos creen que su verdadera imagen es la del diablito de la lotería, otros dicen que es un charro negro o un caballero bien vestido, todo depende de dónde se lo encuentre uno. Pero el diablo existe, eso sí. Nunca lo he visto, nunca se me ha aparecido para comprarme mi alma, pero sé que existe. Y no soy el único que lo sabe; casi toda la gente del pueblo tiene la certeza de su presencia en este mundo. ¿Que cómo lo sabemos? Porque por mucho tiempo el Diablo anduvo por estos rumbos, haciendo maldades y causando tragedias. Desde entonces la gente, que ya se estaba olvidando de Dios, regresó a las iglesias; en las plazas se vendían a montones los rosarios y las estampitas de la Virgen, de los santos y de Cristo crucificado; todo mundo rociaba sus casas con agua bendita; y todavía así, el Diablo espantó a muchas personas y hasta se llevó varias almas buenas y malas.

Pero lo más raro (o espantoso) fue lo que le pasó a mi compadre Elpidio, al que ya dábamos por muerto. Sepan ustedes que, aunque mi compadre ya está muy viejo y acabado, nunca se le ha conocido como hombre mentiroso, y mucho menos loco. Sucede, pues, que un día andaba el hombre por la loma del cirián cuidando sus animalitos, cuando una chiva rejega se apartó de las otras y no la podía hallar. Luego de un rato de andarla buscando oyó que bramaba lejos, por el rumbo de las peñas. “Fregada chiva –pensó mi compadre–, ¿cómo fue a dar hasta allá arriba? Ora voy a tener que ir a regresarla.” Y se fue siguiendo los balidos del animal, hasta que llegó a un punto donde el camino se hace monte, trepó unas piedras grandes y alcanzó a llegar a una peña más o menos alta. Ahí ya no escuchó a la chiva bramar, así que afinó el oído tratando de encontrar una señal. No la oyó. Lo que sí oyó fue un rumor metálico que llegaba a través del aire del monte; era como si una pequeña campana repiqueteara sin detenerse. Mi compadre se dejó llevar por la curiosidad y se fue siguiendo aquel ruido extraño, que lo llevó hasta la entrada de una cuevita de tantas que hay por ese lado de la montaña. Se asomó al interior de la cueva y alcanzó a ver una lucecita que se tambaleaba. Al acercarse divisó la sombra de un hombre sentado en una mesa. Era un anciano que, apenas alumbrado por el resplandor de un candil, contaba un montón de monedas de oro, las cuales sacaba de un saco de tela, las contaba despacio, terminaba de contarlas, las echaba al saco, luego las regaba sobre la mesa y empezaba a contarlas otra vez.

–Oiga, Don –le dijo–, ¿qué hace usted aquí?

–Estoy contando mi dinero –le respondió el anciano.

–¿Y para qué lo cuenta tanto? Mejor gásteselo.

–Eso no va a poder ser, amigo. Yo ya no pertenezco al mundo de los vivos. Yo ya estoy condenado.

–¡Hombre! ¿Y cómo es eso?

–Debo decirle que mi historia es muy triste. Hace mucho tiempo yo era un hombre horrible; me gustaba el juego, las mujeres, la borrachera y, sobre todo, el dinero fácil. Un día que estaba jugando a la baraja con unos desconocidos se me acercó un retador, bien vestido, con unas espuelas de plata y con una bonita pistola grabada. Yo le quise ganar en la baraja las espuelas y la pistola, pero él ganó todas las partidas y yo perdí todo mi dinero y hasta mi casa. Luego me dijo “No se apure, señor, yo le devuelvo todo y además, como usted me ha caído bien, le doy todo lo que me pida”. Y yo, como no creí que fuera capaz de hacer tal cosa, le pedí las espuelas, la pistola y mucho dinero, tanto que nunca acabara de contarlo. Aquel que hablaba conmigo esa noche era el mismo Diablo. Me dio todo lo que le pedí y tanto dinero que ya no sabía ni dónde meterlo. Y esa fue la desgracia de mi vida. Yo podía gastarme toda una fortuna en una noche de parranda, pero no podía comprarles un pan a mis hijos porque el dinero se me quemaba en las manos y se hacía carbón. Y ahora estoy aquí, en esta cueva, condenado a contar mis monedas por toda la eternidad y sin poder gastar una sola.

Gráfica urbana en los muros de la colonia Escandón, CDMX. Foto de Fernando García Álvarez.

–Pues ya que usted no las puede gastar –le dijo mi compadre al anciano, luego de escuchar con atención su historia–, démelas a mí para comprarme alguna cosa: un caballo, un buen machete o un par de huaraches.

–Si yo a usted le doy una de estas monedas, una sola, jamás podrá salir de esta cueva. No, mi amigo, no sea ambicioso como yo lo fui. Vaya a su casa con su mujer y sus hijos, y convénzase de que ser pobre es lo mejor que le pudo haber pasado.

Mi compadre Elpidio salió de la cueva reflexionando sobre lo que el anciano aquel le había dicho. Bajó de la peña y cuando llegó a donde había dejado las chivas notó que la que se había perdido ya estaba de nuevo reunida con el rebaño. Agarró su camino y se fue para su casa. Cuando mi comadre Rosa lo vio llegar casi se muere de la impresión.

–¡Elpidio, sigues vivo! ¿Cómo es posible?

–¿De qué hablas, mujer?

–Hace tres años que no sabemos nada de ti.

–¡Cómo que tres años! Si me salí a cuidar las chivas hoy en la mañana.

–Te lo juro por Dios, Elpidio. Hace tres años, el último día que saliste de esta casa, hubo un derrumbe allá en la montaña. La gente que fue a buscarte encontró tu rastro por esos mismo lugares, pero como nunca te hallaron, creímos que las piedras te habían sepultado…

Mi compadre no supo que decir. Entró en su casa, consultó el calendario y se miró al espejo. Efectivamente se veía más viejo que cuando salió de su casa.

Son muchas las historias que la gente cuenta sobre el diablo. Dicen que se llevó a Amalia Gorostieta, una muchacha muy bonita, hija de don Eusebio Gorostieta. Otros dicen que el Diablo causó la muerte del Padre Juvencio, cuando le espantó el caballo y éste lo tiró sobre una piedra. Y hubo un tiempo en que se volvió tan cínico y descarado Satanás, que muchos juran haberlo visto en las fiestas del pueblo, en las peleas de gallos, en las corridas de toros, en los bailes y hasta en algunos velorios. Doña Josefina Gonzaga (a la que le decíamos de cariño “tía Chepa”) un día se lo encontró en la salida del mercado, y, aunque estaba sola la pobre viejita, no le tuvo miedo. Le dijo: “Pinche diablo, déjanos vivir en paz. Ya no nos estés chingando”. Y desde entonces el diablo ya no volvió a aparecerse por el pueblo. Todos dicen que cuando murió tía Chepa se fue derechito al cielo.

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Entrevista con el poeta Eduardo Cerecedo

«…salen ríos, salen peces, salen los manglares que traes dentro»

El poeta Eduardo Cerecedo. Ilustración de Fernando García Álvarez.

Trópicos

Entrevista con el poeta Eduardo Cerecedo

Primera parte

Por Fernando García Álvarez

En entrevista exclusiva para terciopelonegro.mx el Vate Eduardo Cerecedo nos habla de su vida dedicada a las letras, de su vocación por la palabra, de su infancia, las primeras lecturas, el descubrimiento de la poesía en su natal Tecolutla y de su extraordinaria antología Trópicos I.

El reconocido escritor, crítico, profesor, editor y multipremiado poeta Eduardo Cerecedo nació en Tecolutla Veracruz en 1962. Es licenciado en lengua y literaturas hispánicas por la UNAM donde también realizó la maestría en Letras mexicanas.

Antecedentes muy personales

Debo decir con orgullo que al maestro Cerecedo y a este escribidor nos une una ya vieja amistad de la que recuerdo con nostalgia su participación entusiasta y solidaria para el proyecto cultural Katiuska News en octubre de 1995 durante el ciclo de lecturas de poesía ¡¿No oyes ladrar los perros?! Llevado a cabo en el foro Efrén Rebolledo en el centro de Pachuca, Hgo. En aquella ocasión, acompañado de Juan Carlos H. Vera y Felipe Vázquez Badillo, presentaron las colecciones de poesía Ediciones Arlequín y Ediciones del 69. Los compañeros Alejandro y Moisés de la ENEP Acatlán participaron con sus guitarras en el recital.

Después de la presentación fuimos a mi casa a pasar una velada magnífica, donde a la sombra de un ron nicaragüense (bebida oficial de la casa), lo mismo escuchamos a Pearl Jam que a los Camarones de Chile, bailamos con los Caracas Boys y claro también hubo un duelo de guitarras y versos.

La presencia de Eduardo Cerecedo en Katiuska News, diciembre de 1995.

En esos, nuestros años maravillosos a través de la cultura y el arte hicimos patria a contracorriente de señores feudales e ideologías totalitarias enquistadas en el poder desde siempre y exhibidas a cabalidad por el levantamiento armado del ejército zapatista de liberación nacional en el estado de Chiapas en 1994, movimiento armado que cimbró desde sus carcomidos cimientos un sistema caduco y podrido hasta la médula.

Cito el contexto pues quiero resaltar la naturaleza de los actos que pueden dibujar con trazos más precisos la historia de nuestro distinguido poeta, al que sin más rodeos dejamos hablar a propósito de su antología Trópicos I.

…estoy muy contento con el libro que es un regalo que me da la vida. Una bella edición que trae su disco, en voz del autor una selección de poemas.

El creador se presenta advirtiendo su muy temprana inclinación a la literatura por influencia familiar y la cercanía con los libros en su vida cotidiana.

desde muy chico comencé con la lectura, yo leía desde siempre, mi hermano el mayor tenía en su morral un libro de poemas…

Recuerda que sus primeros libros fueron de Juan de Dios Pesa y Amado Nervo, y haberlos escuchado de las lecturas en voz alta que hacía su hermano mayor al terminar de comer:

yo les llevaba la comida, después de comer él se trepaba al tronco de una higuera y ahí empezaba a leer en voz alta los poemas de Amado Nervo y no sé a qué se deba pero el oído me fue guiando… 

Más tarde gracias al fácil acceso a los libros de algunos familiares se aproximó por gusto al estudio de la historia de la literatura, donde conoció a los poetas españoles incluso antes que los mexicanos:

La obra de Eduardo Cerecedo suma a la fecha 23 libros en los géneros de poesía, novela y cuento.

 Fue cuando empecé a llenarme de literatura sin saber que después yo elegiría este camino, el camino de la lectura y el camino de la escritura. Hoy tengo una carrera en la UNAM de Lengua y Literaturas Hispánicas y una maestría en Literatura mexicana, aunque yo siento que si no hubiese tenido la oportunidad de estudiar una carrera yo hubiese escrito desde siempre porque la necesidad es así. Después de tanto leer uno termina queriendo comunicar lo que uno trae, ese silencio lo rompes y empiezas en la hoja en blanco a trabajarlo.

 Siendo alumno en la facultad de filosofía y letras de la UNAM conoció a un gran maestro de nacionalidad chilena:

 el maestro Hernán Lavín Serna, cuando entré a la facultad, me decía; oye Eduardo ya vi tus versos si tú te rasgas un brazo ahí salen ríos, salen peces, salen los manglares que traes dentro, yo no sabía de esta situación pero me agradó enormemente y comencé a trabajar, comencé a mirar hacia mí mismo y a través de esa introspección empecé a mirar lo que traía, a mirar mi infancia, mirar los árboles mirar la fauna, mirar los ecosistemas, la flora las aguas los ríos, la orografía, todo aquello que me era necesario para ir estructurando el primer poema…

 Por aquel entonces ya inscrito en el tercer semestre de la carrera ganó el premio nacional de poesía CREA 1998 con el antecedente de haber ganado 2 premios de manera autodidacta

 …cuando gané el premio nacional de poesía estaba en 3er semestre (de la carrera) y en el siguiente periodo me dije que tenía que tomar un taller de poesía con algún maestro que supiera de estas artes de la escritura, del arte de la palabra y me fui a inscribir con el maestro Federico Patán, el maestro me fue guiando y a la fecha seguimos trabajando, seguimos escribiendo.

 De su niñez Eduardo recuerda que al no tener una escuela en su comunidad de nombre La barra de Boca de en medio, ingresó a la primaria a los 10 años, cuando su familia cambió de residencia a Boca de lima en Tecolutla:

 yo era más grande que los otro chicos que tenían 7 u 8 años y lo que se enseñaba yo lo aprendía en un ratito y me desesperaba. Y así empecé en el gusto por la lectura que fue para mí maravilloso. Llegando a Boca de lima ya me inscribí en la primaria, Benito Juárez. Al terminar mi educación primaria me vine a la Ciudad de México donde vivía mi hermano al que le dije: oye yo quiero seguir estudiando, y acá estamos.

Predestinado al mundo de las letras, joven y apasionado lector, siempre alumno consentido de las maestras de literatura, publicó su primer libro en 1992.

 Recuerdo que cuando estaba en la escuela preparatoria no 1 de la UNAM la maestra de literatura me decía: Eduardo cuando tú leas 200 libros de poesía vas a leer hasta dormido, y yo le contesté: maestra creo que ya los rebasé.

 A pregunta expresa sobre la vocación más íntima que lo lleva a la poesía responde que no sabe si eso se hereda, pero destaca un antecedente familiar :

 me enteré que mi abuelo por parte de mi madre tocaba la jarana, el arpa y era el que aventaba los versos en los fandangos, esto decía mi mamá. No se sí creer en ello pero es un gusto muy especial que uno ya trae…así como el que va a ser pintor trae el gusto por los trazos por el color, por la esencia de las cosa, en la palabra creo que es más fácil, pues las palabras únicamente tienes que seleccionarlas y buscar el ritmo, colocarlas en el verso y después de ese verso vas haciendo más versos para conformar lo que es un cuerpo lingüístico que vendría siendo el poema y así vamos caminando en esto que nace por un gusto, por algo vienes marcado ya, así se me dio a mí la literatura, la poesía.

 El principio del proceso creativo del escritor.

Pablo Neruda. Ilustración de Fernando García Álvarez.

 …un proyecto de libro lo vas realizando como cuando realizas una tesis; tienes ya el marco, tienes ya el esqueleto para ir llenando después esos espacios con tu investigación. En el caso del poema a veces se te da, a veces lo piensas, decía Jaime Sabines que él tenía una idea y la maduraba y cuando la maduraba escribía el poema.

 Nos afirma que no hay un método constante en la creación.  

 Generalmente lo hago con un lápiz en hoja en blanco, pero en los últimos 10 años ya escribo en el celular: Te despiertas con una idea y empiezas a trabajarla y ahí la tienes, la guardas…, son notas que van saliendo y después las vas trabajando, a veces en esas notas no hayas conexión en la vida real y no lo haces (el poema) se te va y a veces sí vuelves al punto de esencia y es como van saliendo los poemas.

 El poeta Cerecedo nos cuenta que sus autores favoritos han ido cambiando a través del tiempo y a medida que se fue adentrando en el estudio de las letras.

Ramón López Velarde. Ilustración de Fernando García Álvarez.

 Un autor que me ha llamado mucho la atención es Federico García Lorca y que me sirvió como punta de lanza para escribir. Después de esa generación de poetas me vuelvo a los poetas mexicanos y es donde centré toda mi energía y toda mi visión para poder leerlos y poder comprender aquello que es muy importante para su obra y que de alguna manera esos reflejos se quedan en tus ojos y al mirar la hoja en blanco nada más tienes que ir trazando las palabras y se van quedando yo creo, esa es parte de la influencia. Otro autor importante fue Ramón López Velarde, me ayudó mucho a concentrar el ritmo del verso libre, el ritmo aquello que ya era chocoso para la poesía en prosa, el verso libre le fue dando esta libertad y esa salud al verso.

Nos confiesa que al descubrir los Versos del Capitán y la Barcarola de Pablo Neruda (publicado en el libro Residencia en la tierra) empieza la exploración de la obra del poeta chileno al que considera importantísimo para la poesía hispanoamericana y para la escritura mundial. Con el tiempo sigue descubriendo otros autores:

 ..escuchando “la hora nacional” descubrí a Octavio Paz: “dama huasteca ronda por las orillas, desnuda, saludable, recién salida del baño, recién nacida de la noche”. Cuando llegué a la preparatoria No 1 lo primero que hice fue ir a buscar Libertad bajo palabra conseguí el libro y empecé a leer a Octavio Paz. Así van cambiando mis autores, por ejemplo, en la secundaria Mario Benedetti fue mi poeta de almohada, luego van cambiando las posiciones, las circunstancias del lector y ya más grande conocí al padre de la poesía norteamericana que es Walt Whitman es donde ya mi fervor hacia la literatura, hacia la poesía se vio enfocado, allí me instalé y empecé a trabajar.

Posteriormente vienen José Lezama Lima y David Huerta. Voy buscando ese camino porque ellos escriben sobre la forma versicular, pero donde yo me instalo prácticamente es en la generación de poetas mexicanos que nacen a partir de 1950 y que son los poetas que actualmente están en la literatura y han hecho la literatura desde Silvia Tomasa Rivera hasta Jorge Esquinca que nace en 1959. Toda esa amplia gama de poetas de los 50 para mí es fundamental, ahí me instalé, es mi plataforma visual, mi plataforma rítmica.

 Cuestionado por la posibilidad de que exista algún tipo de afinidad con otros poetas nos menciona que pudieran ser:

Raúl Garduño Culebro poeta que nace en la Ciudad de México y se va a Chiapas y muere ahí mismo. Tenemos también a Efraín Bartolomé a José Luis Rivas, pero el poeta que nace en 1946, Francisco Hernández es el poeta fundamental, el gran monstruo de las palabras. Los 3 grandes poetas de Veracruz después de Salvador Díaz Mirón después de Rubén Bonifaz Nuño, son Francisco Hernández, José Luis Rivas y Silvia Tomasa Rivera, son los poetas que de alguna manera conviven en mí, conviven en mi obra porque parte de su obra se ha quedado en mí y yo al escribir tengo que sacar lo mío y a veces esos ríos de silencio, esos ríos de musicalidad se concentran en una página que vendría siendo el poema.

Después vienen los poetas de mi generación. Un lector, un escritor, un poeta sin sus autores es un vacío.

 A la pregunta acerca de la influencia de Rubén Bonifaz Nuño en su obra, confirma que el escritor fue su maestro y que realizó la tesis de licenciatura sobre el libro del profesor El manto y la corona y se extiende sobre la obra de Bonifaz Nuño:

Rubén Bonifaz Nuño, poeta

 uno de los grandes autores y grandes poetas que supo comprender y entablar de una manera Adal paralelismo que viene siendo la poesía de corte culto y corte popular. Tanto como José Alfredo Jiménez como Homero como Catulo supo llevar esas voces y conjugarlas y buscarlas en la literatura azteca que es también donde él ha abrevado y ha dado muestras de que así fue lo que él vio, él miró , él escuchó  y lo que le gustó.

Albur de amor es un libro importante publicado por el Fondo de Cultura, es la proximidad del don Rubén de corte coloquial de corte popular, como se instala él con una voz con un ritmo tan propio con un conocimiento que tiene de la cultura griega, de la cultura romana y de la cultura azteca como corren esos filtros para escribir de una manera próxima a la canción.

 Al citar a otros autores también importantes para él nos dice:

 …del grupo de los contemporáneos que para mí es la renovación de la poesía en América, son los que dieron la potencia y la frescura a la lengua española en México. No nos podemos olvidar de Villaurrutia, ese hombre tan fino, tan importante para la literatura mexicana con sus poemas con temas a la noche, a la muerte, al amor; José Gorostiza y Carlos Pellicer son poetas de la abundancia, los poetas del trópico; Gilberto Owen es otro autor interesantísimo e importantísimo de esa generación y Salvador Novo ahí van con toda esa maravilla, todos ellos ilustrados por Jorge Cuesta que era la línea ascendente, el equilibrio entre esas voces, también Bernardo Ortiz de Montellano. Esos poetas fueron para mí fundamentales y así como la generación de poetas de los 50 con Jaime Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, José Caballero Bonald, Carlo Barral, José Ángel Valente, a todos estos poetas yo los siento muy próximos como si los hubiera saludado. Conocí después de esa generación a Ángel González en la UNAM, un poeta que leí con enorme placer y tuve la posibilidad de platicar con él.

 El escritor Roberto Bolaño dice que admira a los poetas porque tienen una vida desmedida, llena de riesgos. ¿Cómo es la vida de Eduardo Cerecedo?

 … cuando uno es joven, todo lo que uno hace para escribir un poema, busca las posibilidades de que algo te lleve a rebasar el pensamiento que tienes y buscar otras formas para poder imaginar y hacer y escribir y ahí viene el tabaco y ahí viene la droga y viene el vino todo esto y yo creo que a eso se refiere el maestro Bolaño, pero creo que todo tiene un límite también, tiene un estar, entonces teniendo una mayor edad y seguir en esas vertientes pues ya prácticamente está uno fuere de lugar, para todo hay un momento.

Así la cátedra sobre poesía y el quehacer del escritor.

Ve la entrevista completa a Eduardo Cerecedo en el canal de youtube

Entrevista a Eduardo Cerecedo parte I – YouTube

 

 

 

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Lucrecia

El viento helado surcó una vez más su piel morena…

Nueva gráfica oaxaqueña en las calles de la Verde Antequera (ciudad de Oaxaca, México). Fotografía de Fernando García Álvarez.

Lucrecia

Jaquelina Rodríguez Ibarra

Lucrecia es una india bella. Su tez morena sobresale de entre el resto de mujeres. Llegó sola, cargando únicamente la esperanza de vivir un destino ajeno al que ya tenía seguro en su tierra. Aquel día tocó a nuestra puerta, era casi media noche y creímos su historia. La historia de muchos. El viento helado surcó una vez más su piel morena, el cabello negro caía suavemente sobre sus ojos y su voz apenas perceptible nos pidió un taco o algo de beber. A cambio llevaba las cobijas que no pudo vender durante el día.

Él siempre ha sido generoso con los vendedores que llegan a casa. Les invita agua, fruta y les comparte una silla para descansar mientras ve una a una las cobijas, manteles, miel, queso, en fin, todo aquello que suelen vender. Así fue también con Lucrecia. La invitó a pasar y ella cenó con nosotros. Era una débil e indefensa mujer a la que no podíamos dejar sola en esa fría y sola noche de febrero. Lucrecia se quedó en casa. Al día siguiente desde la ventana de nuestra cocina la vimos lavar su rostro y peinar su larga cabellera negra en los lavaderos. Silenciosa y furtiva, sintió nuestra mirada fija en ella y nos complació con una sonrisa. No se fue. Ese mismo día entre él y yo acondicionamos el pequeño cuarto de servicio que había en la azotea destinado a las visitas pero que generalmente estaba lleno de cajas y enseres que hemos ido acumulando a lo largo de nuestra vida juntos. Las mismas cobijas con las que llegó Lucrecia a casa quedaron depositadas en un rincón de la habitación. Mientras, Lucrecia nos cocinó los ricos bocoles de su tierra. Cuando bajamos la mesa estaba puesta para el desayuno, bocoles, salsa, fruta, café. No podíamos pedir más, ella se había encargado de todo. Y así fueron los siguientes días. Lucrecia leía nuestro pensamiento, nuestros deseos.

Fotografía de Fernando García Álvarez.

Lucrecia es una india bella. Una noche que llovía intensamente, Lucrecia bajó las escaleras, desnuda completamente. Estoy segura que danzó para nosotros bajo la luz de la luna y las gotas de lluvia. Al día siguiente nadie habló de lo acontecido la noche anterior. Lucrecia se había convertido en parte de nuestras vidas.

La rutina cansa, la rutina ciega, la rutina mata. Ahora lo recuerdo, su ausencia coincidió con el aroma a jazmín que cada mañana invadía la casa. Nunca supe de dónde provenía, pero me empezaba a molestar. Busqué incluso en la habitación de Lucrecia porque creí que ella lo poseía. Pero no encontré el origen. Fue una sensación de locura, él no estaba, pero el aroma sí. Sentí náusea, dolor y llanto. Me molestaba el servilismo de Lucrecia. Sufría su sonrisa. Me provocaba asco su desnudez de cada noche porque él ya no estaba.

Nunca me di cuenta hasta aquella mañana en que desperté y el aroma ya no estaba. Feliz me paré y mientras recorría la casa el vacío se fue acentuando en mi cuerpo. Sólo dejaron la cama en la que yo yacía y la silla donde se sentó Lucrecia la noche en que llegó. Nunca más los he vuelto a ver. Y aquí sigo, sentada en su silla y esperando verla danzar.

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