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El automóvil y su relación con el inconsciente

«…la relación entre el hombre y el automóvil es motivo de una gran cantidad de identificaciones y proyecciones…»

El automóvil como ícono en las representaciones del arte popular. Nacimiento navideño de madera policroma, México. Fotografía de Fernando García Álvarez.

El automóvil y su relación con el inconsciente

M. en T. Psic. Carlos Chávez Macías

¿Es el vehículo parte de la familia? ¿Se le trata como a una persona?

El hombre cansado dice que «va a cargar baterías»; en la depresión «la batería está baja»; al hombre agredido con un arma puntiaguda «le midieron el aceite»; el hombre ansioso «está revolucionado»; el oficinista se sirve su «gasolina» (café) para empezar el día; la persona obesa tiene «llantas» en el cuerpo.

     Creo que no existe frase más ilustrativa que aquélla leída en un camión de redilas y que, según me dicen, se escucha en una canción moderna: ¡morena, color de llanta, ya llegó tu rin cromado!

     Al respecto Fernando Dogana1 sostiene que, si escuchamos con detenimiento las diferentes expresiones que se hacen sobre las personas, caeremos en la cuenta de que se ha mecanizado al hombre atribuyéndole las características del automóvil.

     Por el contrario, el automóvil ha sido humanizado.

     Por la vía de la proyección, ha sido considerado como un ser humano, como un organismo viviente2: se le da un nombre (por ejemplo, Herbie), se le habla como a una persona, se piensa que sufre (en cuántos vehículos encontramos los letreros: “me venden” o “ya lávame”), el hombre se encariña con él, el coche «se acostumbra a la mano del dueño», se dice: llegó un Mondeo en lugar de llegó una persona en un Mondeo. La publicidad menciona que determinado acumulador es el “alma del automóvil” o que el aceite de tal marca es como “sangre nueva para su motor”.

     Es decir, la relación entre el hombre y el automóvil es motivo de una gran cantidad de identificaciones y proyecciones3 y es muestra de diversos rasgos de personalidad.

     Además, el automóvil produce un fuerte impacto psicológico en cada individuo de nuestra sociedad. Más que un medio, el automóvil se ha convertido en un símbolo: de pertenencia a un grupo, de adultez., de status económico, etc.

     Tan significativo se ha vuelto el automóvil para el hombre contemporáneo que algunos psicólogos han concluido, por el examen de dibujos infantiles y de sueños, que el automóvil con mucha frecuencia simboliza al cuerpo humano: las ruedas serían las piernas; el volante representaría el genital masculino, etc.

     Es un hecho muy conocido que muchas personas en cuanto conducen un automóvil se transforman en otras. Por ello, la pregunta que nos hacemos es: ¿qué es lo que sucede en la mente de un individuo que entra en un vehículo y se pone al frente de un volante?

     Parece ser que se activan diferentes mecanismos psíquicos: por ejemplo, puede haber una conducta de regresión, lo cual implica un incremento del narcisismo (amor exagerado por sí mismo) y de agresividad4.

     Esa regresión provoca una sensación de omnipotencia, por un lado, y de pasividad, por otro. Hay la impresión de ser más libre, más poderoso, de realizar deseos y fantasías, pero también un estado de pasividad, de comodidad. En ocasiones el individuo llega a sentirse como un bebé en la cuna.

El automóvil como objeto digno de preservarse en la historia. Fotografía de Fernando García Álvarez.

     Y una de las características del aumento del narcisismo es una menor tolerancia a la frustración. Por esto se activa la agresividad latente en algunos individuos: así, se insultará con el claxon, se evitará ceder el paso o se rebasará provocativamente.

     El doctor Jean Rosenbaum5 considera que el automóvil constituye una extensión y expresión de la personalidad y que se ha convertido en un instrumento por el cual el hombre manifiesta sus fantasías y domina a la naturaleza.

     Por ello, cuando se elige un auto se compra algo más que un medio de transporte. Se revelan diferentes rasgos de personalidad.

     Aunque nunca debe generalizarse y cada caso debe ser revisado individualmente, parece ser que un individuo un tanto tímido o introvertido se inclinará por autos pequeños: no querrá que el automóvil lo domine. Quien desee sentirse superior optará por los vehículos muy grandes. Una persona segura de sí misma manejará cualquier tipo de automóvil.

     La persona agresiva lo usará para demostrar sus sentimientos. El conductor del auto deportivo mostrará lo que desearía ser.

     La necesidad de diferenciarse de los demás se revelará en los accesorios; los deseos infantiles en los adornos. El deseo de ser notado o pasar desapercibido en los colores llamativos u opacos, respectivamente.

     Algo importante de mencionar en el tema de la relación hombre-automóvil es el concerniente a los accidentes que generalmente, valga la redundancia, no son accidentales.

     Podría decirse que la mayoría de ellos no son casuales, sino «causales», es decir, tienen una causa. El verdadero «motor» es la culpa inconsciente: hay que pagar por algo, sea con dolor en el propio cuerpo, con dinero o, más aún, con la vida. Y esto puede aplicar tanto al que provoca «el accidente» como al que lo sufre pasivamente.

     En síntesis, estoy de acuerdo con Dogana6, cuando escribió: “En realidad el coche es uno de esos objetos que, por el papel importante que se le asigna en nuestra sociedad, está más que otros en condiciones de activar intensos dinamismos psicológicos”.

1 Cfr. Fernando Dogana, Psicopatología del consumo cotidiano, Barcelona, Editorial Gedisa, 1984, pp.157 y 158.

2 Cfr. Fernando Dogana, op.cit., p.156.

3 Cfr. Fernando Dogana, ibid.

4 Cfr. Fernando Dogana, op. cit., p.160.

5 Cfr. Jean Rosenbaum, ¿Es su Volkswagen un símbolo sexual?, México, 1974, V Siglos, p.14-38.

6 Fernando Dogana, op. cit., p.155.

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1 comentario

1 comentario

  1. Luís Fernando Ulloa Hosking

    junio 4, 2021 en 9:08 pm

    Es cierto lo que narra el artículo y quienes hemos la suerte de tener un coche en diferentes etapas de nuestra vida, tiene un alto valor estimativo, recuerdos, aventuras, diversas situaciones, una «relación» muy especial.

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Educación

El inconsciente hace filosofía

El «ser», la pregunta esencial del sujeto humano.

Grupo de danza Ollintetl de cultura Mexica, Polanco Ciudad de México. Fotografía de Fernando García Álvarez

 

El inconsciente hace filosofía

La pregunta fundamental en la neurosis es la pregunta por el ser: ¿Qué soy?

M. en T. Psic. Carlos Chávez Macías

Hace ya muchos años cuando estudiaba filosofía entendí que la pregunta fundamental era sobre el ser. Por ello, mi conclusión fue que el filósofo que había profundizado mejor en la ontología o metafísica había sido Martin Heidegger (1889-1976).

     Recuerdo que el filósofo alemán afirmaba que el ser era el más universal de los conceptos y que los entes o cosas (algo que es) participan del ser. Su libro cumbre en donde explicaba esto: El ser y el tiempo.

     De las inquietudes filosóficas transité al psicoanálisis lacaniano. Y allí encuentro nuevamente la importancia de la pregunta por el ser.

Lacan y la filosofía[i]

De hecho, el psicoanalista francés Jacques Lacan fue amigo personal y traductor de las obras de Heidegger. Adicionalmente a las cuestiones sobre el ser, la influencia del filósofo se ve en la distinción que Lacan hace sobre palabra plena y palabra vacía, conceptos que son inspirados por la diferencia heideggeriana entre discurso y habladuría.

     Sin embargo, el psicoanalista hace su propia aportación y, además, “opone el psicoanálisis a las explicaciones totalizadoras de los sistemas filosóficos y vincula la filosofía al discurso del AMO, lo inverso del psicoanálisis”.

La falta de ser

Tan importante es para Lacan el concepto del ser en su visión psicoanalítica que define el deseo como la presión o empuje que tiende a colmar la falla abierta por la falta-de-ser, entendida como la condición de existencia del sujeto separado del complemento materno[ii].

     Concepto y drama infantil de pérdida de la madre que se ve expresado inconscientemente de modo inmejorable en la canción que dice: “Contigo tenía todo y lo perdí…”.

     También define la pulsión –que es distinta del instinto que se presenta en los animales– como la presión que invade al niño a causa de su falta-de-ser[iii].

     La obra de Lacan –que recurre a la lingüística para darle mayor rigor conceptual al psicoanálisis– está llena de referencias filosóficas entre las que destacan, además de las de Heidegger, las citas de Platón, Aristóteles, Descartes, Kant, Hegel, San Agustín, Spinoza, Sartre, etc.

Sigmund Freud y los filósofos[iv]

Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, daba crédito a los filósofos, como Nietzsche y Schopenhauer.

     Sostenía que las investigaciones psicoanalíticas confirmaban lo que habían sido, a veces, intuiciones de los filósofos; sin embargo, criticaba que desconocieran el inconsciente al equiparar el psiquismo únicamente con la consciencia.

     Freud llegó a considerar el arte, la religión y la filosofía como las tres grandes instituciones culturales. Aunque también “asemejó los sistemas filosóficos a los delirios paranoicos”.

Pregunta por el ser

Grupo de danza Ollintetl de cultura Mexica, Polanco Ciudad de México. Fotografía de Fernando García Álvarez

Así pues, la pregunta por el ser es una interrogante esencial, fundamental, tanto en la filosofía como en el psicoanálisis; sin embargo, se presenta diferente: en la primera se realiza como: ¿Qué es ser? y se trata de un acto consciente; y en el segundo como: ¿Qué soy?, y se hace de modo inconsciente.

     Me parece que con base en lo anterior podemos decir que el inconsciente hace filosofía. Pero ¿qué significa esta afirmación? ¿Cómo puede el inconsciente filosofar?

    Hemos señalado que existen tres tipos de estructuras clínicas: neuróticos (histéricos y obsesivos), perversos y psicóticos. Los considerados normales tienen estructura neurótica ya que su mecanismo fundamental es la represión y la mayoría de los seres humanos reprimimos lo ocurrido de los cero a los cinco años aproximadamente. Lacan afirma que “la estructura de una neurosis es esencialmente una pregunta”.

     Por otra parte, en la perversión el mecanismo es la re-negación (doble negación) y en la psicosis es la forclusión (exclusión radical del padre simbólico).

¿Qué soy?

Lacan enseña que la pregunta fundamental en la neurosis es la pregunta por el ser: ¿Qué soy?

     Se trata de la pregunta que el niño se hace con relación al deseo de sus padres: ¿Qué quieren de mí? ¿Por qué quisieron que naciera?

     El psicoanalista Bruce Fink[v] escribe que “estas preguntas se refieren al lugar que el niño ocupa en el deseo de los padres”.

     Muchas veces las respuestas que recibe no son muy claras o convincentes y entonces “la respuesta la da el fantasma fundamental”, es decir, las fantasías inconscientes. En ocasiones el nombre recibido lleva un mensaje o misión de lo que esperan los padres.

La pregunta en el sujeto histérico

Como estadísticamente hay más mujeres de estructura histérica y más varones obsesivos, Fink[vi] escribe: “El obsesivo y la histérica se enfrentan con la pregunta por el ser de diferentes maneras, pues la pregunta se modula en una forma en la histeria y de otra en la neurosis obsesiva. La pregunta fundamental de la histérica en relación con el ser es: `¿Soy hombre o soy mujer?´”.

     Como observamos, esta última pregunta –que también puede plantearse como: ¿Qué significa ser mujer? – tiene que ver, sobre todo, con la sexualidad.

     E intentar responderla será una búsqueda –sin descanso– a lo largo de la vida tanto para la mujer como el varón histéricos.

La pregunta en el obsesivo

“En tanto que la del obsesivo es, `¿Estoy vivo o estoy muerto?´. El obsesivo adquiere un convencimiento de su ser, de su existencia, sólo cuando piensa conscientemente. Si se deja llevar por la fantasía o el ensimismamiento, o si se deja de pensar por completo, por ejemplo, durante el orgasmo, pierde toda convicción acerca de su ser”[vii].

     Esa pregunta que constituye la neurosis obsesiva también puede formularse como: ¿Ser o no ser? o ¿por qué existo?

     En virtud de ello, el obsesivo, sea varón o mujer, se inclinará por actividades que tengan que ver con la vida y con la muerte e intentará dar respuesta al “sentido de la vida”. Podrá escoger actividades como medicina, psicología, filosofía, actividad literaria o laborar en una funeraria.

     Asimismo, “la respuesta del obsesivo es trabajar febrilmente para justificar su existencia (lo que también da testimonio de la especial carga de culpa que el obsesivo experimenta)”[viii].

“Pienso, luego existo”[ix]

Grupo de danza Ollintetl de cultura Mexica, Polanco Ciudad de México. Fotografía de Fernando García Álvarez

También podemos decir que el sujeto obsesivo vive según la máxima filosófica de Descartes: “Pienso, luego existo” (el famoso “Cogito, ergo sum”).

     Fink señala también que “el obsesivo puede sustituir el pensar por el contar –por ejemplo, puede contar sus conquistas, dinero, latidos del corazón, etc.”.

     Para el sujeto obsesivo ese “intento de cobrar existencia o de continuar en el ser implica un sujeto pensante, consciente, no un sujeto dividido que no se percata de sus propios pensamientos y deseos”.

     Así, ignora deliberadamente el inconsciente al pensar conscientemente. Actúa como si no existiera el inconsciente, a pesar de todas las pruebas existentes. “En el aula, el obsesivo es el estudiante que se niega a aceptar la idea del inconsciente en primer lugar, y afirma que los lapsus no significan nada, que él conoce todos sus pensamientos y que no necesita que nadie lo ayude a conocerlos”[x].

     Esto se ve corroborado en el diván del consultorio psicoanalítico, ya que cuando asiste tenderá a llevar su discurso perfectamente preparado con todas sus interpretaciones por lo que el psicoanalista prácticamente sale sobrando. Intentará no tener un lapsus para no delatarse. Se cree el amo de su propio destino y rechaza cualquier dependencia del Otro.

La respuesta del perverso

“Mientras que la neurosis se caracteriza por una pregunta, la característica de la perversión es la falta de pregunta”[xi]. El perverso tiene certezas más que preguntas; se presentará como lo que falta, como lo que completa.

     El perverso no se interroga; más bien pudiera decirse que se presenta como respuesta. Fink[xii] lo escribe así: “A la pregunta ¿Qué soy?, el perverso responde, Soy eso, ese algo que a ella le falta”.

No hay pregunta en el psicótico

El psicótico tampoco tiene pregunta. El inconsciente está presente en el psicótico, pero no funciona, según enseña Lacan.

     En la psicosis –denominada locura comúnmente– no hay dudas: “Él es Napoleón y los demás están equivocados si no lo creen así”. Hay certezas; los pensamientos, las motivaciones, los sueños simplemente son.

Coincidencia en la pregunta fundamental

Como hemos visto, ni en la perversión ni en la psicosis hay pregunta por el ser. Únicamente se presenta en la estructura neurótica y, sobre todo, en la estructura obsesiva; en la histeria se enfoca esa interrogante más en la sexualidad que en el ser.

     Sin embargo, me parece que es interesante observar la coincidencia entre el psicoanálisis y la filosofía –aún con sus modos distintos– en el campo de la pregunta por el ser, la pregunta esencial del sujeto humano.

[i] Cfr. Dylan Evans, Diccionario introductorio de psicoanálisis lacaniano, Buenos Aires, Paidós, 1997, p. 93.

[ii] Cfr. Jean-Baptiste Fages, Para comprender a Lacan, Buenos Aires, Amorrortu, 2001, p. 154.

[iii] Cfr. Jean-Baptiste Fages, op. cit., p. 155.

[iv] Cfr. Dylan Evans, ibid.

[v] Bruce Fink, Introducción clínica al psicoanálisis lacaniano, Barcelona, Gedisa, 2007, p. 233.

[vi] Bruce Fink, op. cit., p. 157.

[vii] Bruce Fink, ibid.

[viii] Dylan Evans, op. cit., p. 139.

[ix] Cfr. Bruce Fink, op. cit., p. 310.

[x] Bruce Fink, op. cit., p. 157.

[xi] Dylan Evans, op. cit., p. 151.

[xii] Bruce Fink, op. cit., p. 218.

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Educación

Ideas obsesivas y rituales compulsivos

«…algo que puede observarse en las obsesiones es que lo reprimido retorna con una virulencia proporcional a la fuerza de la represión.»

El barrio chino y sus personajes en CDMX. Fotografía de Fernando García Álvarez.

 

Ideas obsesivas y rituales compulsivos                      

M. en T. Psic. Carlos Chávez Macías

“Sigmund Freud consideraba las ideas obsesivas como expresión de deseos reprimidos”

Con frecuencia en la vida diaria se escuchan expresiones como: “tengo una idea que no se me quita de la cabeza”, “fulana está obsesionada por la limpieza” o “zutano está obsesionado por el sexo”.

Concepto

El diccionario[1] define obsesión como “idea fija que se apodera del espíritu independientemente de la voluntad, y a la cual se vuelve sin cesar”. Y si recurrimos a su etimología latina significa asedio.

Las obsesiones, también llamadas manías, son síntomas frecuentes que pueden ser considerados como normales y que son comunes a muchas personas.

En ocasiones los niños muestran ciertos síntomas obsesivos como no querer pisar una línea. Probablemente se trate de algo transitorio que es parte de un momento del desarrollo.

Las obsesiones pueden presentarse en cualquiera de las estructuras clínicas: neurótica (en sus formas obsesiva o histérica), psicótica o perversa.

 Sin embargo, la neurosis obsesiva se caracteriza por el predominio de estos síntomas. En el momento en que las obsesiones impiden llevar a cabo con normalidad las actividades cotidianas y provocan sufrimiento es, entonces, cuando debe acudirse con el especialista. Por ejemplo, lavarse las manos es higiénico y positivo; sin embargo, hacerlo con exageración (no aplica en pandemia) habla de una obsesión, quizá motivada por culpas inconscientes. La pregunta sería: ¿de qué se limpia tanto?

La pregunta inconsciente del obsesivo

Jacques Lacan, psicoanalista francés, sostiene que los dos tipos de neurosis, la histeria y la obsesiva, consisten en una pregunta.

En la persona histérica la pregunta inconsciente es ¿qué significa ser mujer?

La pregunta que constituye la neurosis obsesiva tiene que ver con la existencia propia y puede formularse como ¿estoy vivo o muerto? o ¿por qué existo?

La persona obsesiva intenta dar respuesta a esa pregunta inconsciente a lo largo de su vida; de este modo se inclinará por actividades que tengan que ver con la existencia y con la muerte; por carreras universitarias como medicina, filosofía o psicología en donde tratará de dar respuesta al sentido de la vida.

El barrio chino y sus personajes en CDMX. Fotografía de Fernando García Álvarez.

Asimismo el obsesivo intentará trabajar incansablemente para justificar su existencia y huir de la culpa que siente inconscientemente por haberse sentido muy cerca de su madre y haber hecho a un lado al padre. Hace unos años fue publicado el libro El hombre que confundió el trabajo con la vida que ilustra lo anterior con claridad.

Expresión de deseos reprimidos

Sigmund Freud consideraba las ideas obsesivas como expresión de deseos reprimidos y creía que la neurosis obsesiva era más fácil de detectar que la histeria porque los síntomas obsesivos son puramente mentales, a diferencia de los síntomas histéricos en que hay una conversión a lo corporal como, por ejemplo, en una parálisis o ceguera histéricas.

Para Lacan, la neurosis obsesiva es una estructura clínica y no un conjunto de síntomas. Así las ideas recurrentes u obsesiones, las compulsiones (que son ideas que nos hacen llevar a cabo acciones que a veces nos parecen absurdas), los rituales (como verificar una y otra vez que se han cerrado puertas, etc.), dudas, pensamientos hostiles, etc. forman la sintomatología, pero no determinan la estructura.

Rituales compulsivos

También el sujeto obsesivo es afecto a los rituales compulsivos porque piensa que le permitirán huir de lo que psicoanalíticamente se llama la falta en el Otro, que en la fantasía inconsciente (fantasma) suele representarse como un desastre inmenso[2]. Por ejemplo, Sigmund Freud en su tratado A propósito de un caso de neurosis obsesiva (1909) sobre el llamado Hombre de las ratas analiza los rituales que desarrolló su paciente con objeto de evitar el miedo a que se causara un castigo terrible a su padre o a su amada.

El obsesivo piensa “si hago esto, se evitará aquello”. De aquí se deriva la creencia popular de que si se sueña algo pero se cuenta lo ocurrido en el sueño no sucederá. Sin embargo, recordemos que el sueño es un cumplimiento de un deseo reprimido que se presenta disfrazado y, por tanto, se interpreta.

Obsesiones sacrílegas[3]

Las obsesiones destacan en muchas ocasiones por su carácter sacrílego.

Muchos obsesivos, ante las expresiones religiosas en actos de oración o de civismo en homenajes, sienten que se les desencadenan pensamientos injuriosos u obscenos. De hecho este fenómeno es oído frecuentemente en las sesiones psicoanalíticas y en las confesiones o pláticas por los sacerdotes o pastores.

El obsesivo percibe sus ocurrencias sacrílegas y obscenas como expresión de su voluntad; y entonces se establece una lucha interior de ideas contrarias que ocupan gran actividad mental.

Del mismo modo, por ejemplo, un automovilista obsesivo se preguntará si no habrá atropellado a alguien, por lo que regresará para cerciorarse de ello; sin embargo, no podrá convencerse porque pensará que pudieron haber recogido al atropellado antes.

Es decir, el obsesivo está obsesionado, valga la redundancia, no sólo por el miedo de no cometer algún acto grave, producto de sus ideas, sino también por haberlo cometido sin darse cuenta.

Retorno de lo reprimido[4]

Charles Melman[5] describe al sujeto obsesivo de esta manera: “un solterón que se ha quedado junto a su madre, un funcionario o un contador lleno de hábitos y pequeñas manías, escrupuloso y preocupado por una justicia igualitaria, que privilegia las satisfacciones intelectuales y vela con su civismo o su religiosidad una agresividad mortífera”. Sin embargo, hay que analizar caso por caso

Por ello debe decirse que algo que puede observarse en las obsesiones es que lo reprimido retorna con una virulencia proporcional a la fuerza de la represión.

La severidad del superyó (conciencia moral) corresponde a la intensidad de la agresividad reprimida en el niño hacia los padres.

[1] Ramón García Pelayo y Gross, Pequeño Larousse Ilustrado, México, Ed. Larousse, 1990,  p. 732.

[2] Dylan Evans, Diccionario introductorio de psicoanálisis lacaniano, Buenos Aires, Paidós, 1997, p. 138.

[3] Roland Chemama et al., Diccionario del psicoanálisis, Buenos Aires, Amorrortu, 1998, p. 287.

[4] Roland Chemama et al., op.cit., pp. 287-289.

[5] Cfr. Roland Chemama et al., op.cit., p. 287.

 

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Educación

Anorexia: enfermedad del deseo. El enfoque psicoanalítico

Se dice que el cuerpo expresa lo que la mente desea.

Ilustración de Fernando García Álvarez

Anorexia: enfermedad del deseo

El enfoque psicoanalítico

M. en T. Psic. Carlos Chávez Macías

“En la anorexia lo que debiera expresarse en palabras, aparece escrito en el cuerpo”

 

Hace algunos años nos enteramos de la muerte de dos modelos brasileñas por un trastorno alimenticio llamado clínicamente anorexia.

También, en ese entonces, se presentó en un noticiario una impactante entrevista a una chica que expresaba su angustia por su problema alimenticio y solicitaba apoyo de las diferentes instituciones oficiales dedicadas a la salud.

En ciertas publicaciones se sostiene que los trastornos alimentarios son provocados por la presión social de estar a la moda y por un ambiente de mucho estrés, señalándose que las personas más propensas a padecerlos son las que se sienten inadecuadas en la sociedad, que tienen una baja tolerancia a la frustración o un perfeccionismo muy elevado.

Esto ha provocado que algunos países tomen medidas para evitar que las modelos sean mujeres muy jóvenes y de poco peso.

Diferencia entre anorexia y bulimia

Debemos tener claro que en la anorexia la pérdida de peso es autoinducida; es decir, es provocada por evitar alimentos.

Cuando se consumen, se tienen conductas compensatorias como exceso de actividad física, uso de laxantes y diuréticos, etc.

Por el contrario, las personas bulímicas comen grandes cantidades en periodos cortos, teniendo falta de control sobre la alimentación durante ese momento, y compensando con vómitos autoprovocados, laxantes o diuréticos. En la bulimia, se come abundantemente sin apetito y, generalmente, a solas.

La teoría psicoanalítica sobre la anorexia

Para el psicoanálisis lacaniano se trata de un síntoma que puede presentarse en hombres y mujeres, y en cualquiera de las estructuras clínicas (maneras de ser) que reconoce: neuróticos (histéricos u obsesivos), perversos o psicóticos. Sin embargo, debe mencionarse que se presenta con mayor frecuencia en mujeres de estructura histérica.

Puede entenderse mejor la anorexia a partir del concepto del deseo insatisfecho que Jacques Lacan desarrolló.

Generalmente una persona de estructura histérica buscará inevitablemente tener su deseo insatisfecho; por ello, si se busca colmarla, únicamente se provocará su rechazo. He aquí la razón por la que el novio o novia, de estructura histérica, generalmente prefieren una pareja que no los trata bien y rechazan a quien tiene detalles y los llena de atenciones.

Aunque parezca algo obvio que la anorexia es un síntoma, debemos enfatizar que esto implica para el psicoanálisis que hay un sujeto involucrado. En cambio en una enfermedad orgánica, por ejemplo en el caso de un virus, no hay implicación psíquica de la persona.

El síntoma psíquico (por ejemplo, una parálisis histérica, una anorexia o una bulimia) cumple una función de encubrimiento para evitar muchas veces un sufrimiento mayor[1].

En la anorexia se habla con el cuerpo

Normalmente un médico sana un síntoma orgánico mediante la correcta indicación de medicamentos. El problema empieza cuando atrás de un síntoma, como la anorexia, no hay factores externos, sino “algo que proviene del interior. Algo que le ocurre posiblemente a ese sujeto desde hace mucho tiempo, su infancia o su adolescencia, que quedó reprimido y desconocido para él”[2].

Generalmente la persona anoréxica tiene la convicción de que su padecimiento tiene un motivo actual y cree ser consciente de él. Sin embargo, esto no es así. Las causas son de origen inconsciente y tienen ancladas sus raíces en la infancia.

En la anorexia lo que debiera expresarse en palabras, aparece escrito en el cuerpo. Es decir, la persona anoréxica habla con su carne aquello que no puede decir porque le es inconsciente o le es muy penoso.

Se dice que el cuerpo expresa lo que la mente desea.

Cuando como “soy comida”

Muchas veces se le insiste a la persona anoréxica que coma; no obstante, es lo que no quiere hacer.

Para ella, a nivel inconsciente, “cuando como soy comida” equivale a cuando como soy devorada[3].

Entonces no come para no ser comida, para no ser devorada por el “Otro” (así llama el psicoanálisis lacaniano a la madre, padre o autoridad moral).

Al negarse a comer, busca mantenerse como una persona deseante, intenta así fabricar su ser. En otras palabras, intenta así ser ella misma.

Ilustración de Fernando García Álvarez.

Enfermedad del deseo

Lacan concluyó que la anorexia es un síntoma del deseo.

Juan David Nasio al referirse a la paciente anoréxica dice: “Quiere que la insatisfacción reine por todas partes, que sólo haya insatisfacción, tanto de la necesidad fisiológica como del deseo. La anorexia consiste en decir: <<No, no quiero comer para satisfacerme y no quiero satisfacerme para estar segura de que mi deseo permanece intacto […]. La anorexia es ese grito contra toda satisfacción y es un mantenimiento obstinado de la insatisfacción”[4].

Un bebé al ser amamantado puede quedar satisfecho en su hambre fisiológica, pero quedar insatisfecho en su hambre de cariño. La persona anoréxica no come porque cada vez que hacía una demanda de amor era atiborrada de comida, por lo que su deseo quedó reducido a la mera necesidad. Una boca atiborrada no puede emitir palabra alguna[5].

Por ello, si tenemos clara la diferencia entre la necesidad fisiológica y el deseo, podemos entender que el anoréxico “cuanto más sacie su hambre, menos podrá mantener despierto su deseo”[6]. Por ello ha llegado a llamarse a la anorexia enfermedad del deseo[7].

La anorexia es un deseo de nada. La persona anoréxica intenta poner distancia, crear una separación, para impedir que se le llene en contra de su voluntad. Lo que quiere es nada, nada en la boca. “Sólo quiere nada. Lleva al extremo la negación de la histérica a que se le colme, a que se  le satisfaga”[8].

En otras palabras, la anorexia es la única manera que se encontró para surgir como sujeto deseante fuera del deseo de los demás. Si deja de estar enferma sentirá que no es nadie. Así, por lo menos es anoréxica.

Tratamiento de la anorexia

Una persona anoréxica deberá ser tratada de manera multidisciplinaria por psicoanalistas o psiquiatras, médicos y nutriólogos.

Sin embargo, es conveniente mencionar que, de acuerdo con las enseñanzas de Françoise Dolto, el paciente puede mejorar significativamente si trabaja el modelado con plastilina o dibuja, ya que a través de las figuras creadas pueden descifrarse algunos aspectos inconscientes[9]. La razón es que esa creación es una manera de decir.

La importancia de hablar

La persona anoréxica es esclava de su no-decir, de lo que le es imposible decir; por ello, para el psicoanálisis lo importante es la capacidad de hablar. Así lo expresa Graziella Baravalle[10] sobre un caso: “Desde mi lugar de analista nunca le he sugerido que coma ni que engorde, sino que hable”.  

 

El método psicoanalítico

La cura analítica deberá permitir que la persona anoréxica transforme en palabras lo que actualmente expresa con el cuerpo.

Por ello, Nasio[11] escribe: “Es evidente que no hay peor actitud hacia un anoréxico que querer alimentarlo. Esto sólo reforzaría su protesta y su insistencia en conservar el deseo a cualquier precio, es decir, defender cueste lo que cueste el hecho de no estar satisfecho y querer preservar así su ser”.

El reto del psicoanálisis en pacientes anoréxicos es trabajar fundamentalmente en la escucha, para facilitar así el paso de una boca obligada a comer a una boca urgida a poner en palabras su sufrimiento[12]. La cura se dará por añadidura.

Criterios para el diagnóstico de la anorexia (según el dsm iii, 1980):

  1. Miedo intenso a engordar, que no disminuye a medida que se pierde peso.
  2. Alteración de la imagen corporal.
  3. Pérdida de al menos un 25% del peso original.
  4. Negativa a mantener el peso corporal por encima del mínimo corporal, según edad y talla.
  5. Ausencia de enfermedades somáticas que justifiquen la pérdida de peso.

 

[1] Cfr. G.Baravalle et al., Anorexia, Barcelona, Paidós, 1996, p. 16.

[2] G. Baravalle et al., op. cit., p. 18.

[3] Marcelo Hekier y Celina Miller, Anorexia-Bulimia: Deseo de Nada,  Buenos Aires, Paidós, 2005, p. 74.

[4] Cfr. G. Baravalle et al., op. cit., p. 11.

[5]  Cfr. G. Baravalle et al., op. cit., p. 20.

[6] Cfr. G.Baravalle et al., op. cit., p. 11.

[7] Cfr. G. Baravalle et al., op. cit., p. 39.

[8] G. Baravalle et al., op. cit., p. 49.

[9] Cfr. Marcelo Hekier y Celina Miller, op. cit., p. 32.

[10] G. Baravalle et al., op. cit., p. 49.

[11] Cfr. G. Baravvalle et al., op. cit., p. 11.

[12] Cfr. Marcelo Hekier y Celina Miller, op. cit., p. 13.

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