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Cultura

Gracias Patricio Castillo (Noviembre 1940- Abril 2021)

Su inteligencia y sensibilidad artísticas trasladadas al Rey-bufón de El escorial …

Ilustración de Fernando García Álvarez

Gracias Patricio Castillo

(Noviembre 1940- Abril 2021)                                                                            

Alegría Martínez

El intransigente alcalde Crispín que echó al aire su voz, tan sonora como las campanas del pueblo en El diluvio que viene, tomó cuerpo y rostro con la creación del actor Patricio Castillo, quien de la mano de Ludwik Margules encarnó años después al personaje del Amo, homenaje a Diderot de M. Kundera, sobre el escenario del entonces Teatro del Bosque, donde aún vibra la silueta del Pato junto a la de Fernando Balzaretti rumbo al infinito.

Su inteligencia y sensibilidad artísticas trasladadas al Rey-bufón de El escorial de Ghelderode, irradiaron el poder y la gracia que intercambiaban súbitamente los personajes encarnados por Patricio Castillo y Roberto Sosa ante un trono como único elemento, imán de todos los reinos erigidos en la ficción sobre un escenario, gracias a la fuerza y la brillante fragilidad que generó esta dupla actoral.

Bajo la piel del tozudo, tramposo y entrañable Phil Hogan, en Una luna para los malnacidos, de Eugene O’Neill, luminoso montaje de Mario Espinosa, el primer actor desplegó su registro artístico como un experto sobre la cuerda floja ante un desafío que implicó transparentar, tanto delicada como furiosamente, la gama emotiva de un personaje sacudido intermitentemente por su borrasca interior.

En Jugadores, al lado de Héctor Bonilla, Juan Carlos Colombo y José Alonso, el histrión hizo trasminar hasta el último rincón del teatro el dolor de su personaje, de pie entre el entusiasmo recobrado ante el final de su horizonte y la conciencia de lo perdido.

Con Rueda mi mente, monólogo de Licona, el Pato celebró 50 años de vida artística. Su creación de Habacuc -personaje de la tercera edad con alzheimer, que se aferraba a los muros de su casa tapizados con recordatorios como última oportunidad para conservar libertad y autonomía-, mantuvo el preciso equilibrio entre humor y tragedia para exponer el abismo.

Como uno de Los mosqueteros del rey, el Pato, de nuevo junto a Bonilla como parte del elenco, dio cátedra festiva de cómo jugar libremente sobre el escenario hasta contagiar de goce y desenfado a un público que no acertaba a saber de qué trataba finalmente la obra.

Experto del juego en serio como parte de la creación teatral, espacio en el que transitó cada vez con mayor madurez y estatura artística, Patricio Castillo, cuya ausencia física duele como la de un ser amado, sembró sin tregua los hallazgos de un hombre entregado por completo a un arte que continúa acercando a los seres humanos mucho tiempo después de la caída del telón.

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Arte

Pet Sematary: El Dilema de la Muerte

«…moraleja en torno a la idea de la muerte y el duelo.»

Imagen de portada del libro Cementerio de animales.

Pet Sematary: El Dilema de la Muerte

Katerine Fontecilla Rosas

Reseña literaria

Stephen King nos sorprende con la que es una de sus obras más conocidas, Pet Sematary o como se le conoce en su traducción para el habla hispana Cementerio de Animales, publicada en 1983. En ella relata la historia de la familia Creed desde que decide mudarse a su nuevo hogar en las afueras de Ludlow, un pequeño pueblo de Maine, todos son felices hasta que Louis Creed encuentra al querido gato de su hija atropellado en la carretera y se ve metido en un dilema, dejar que su hija sufra por la muerte de su mascota, o escuchar las voces que lo llaman desde más allá de la valla de troncos, pasando las profundidades del bosque hasta el antiguo cementerio indio. Su mascota Church regresó a la vida, la cuestión es ¿bajo qué circunstancias había vuelto?

El objetivo de la trama es la de brindarnos una moraleja bastante macabra en torno a la idea de la muerte y el duelo. El momento en el que se vive la pérdida de un ser querido puede llegar a ser como una vorágine de emociones que nos inunda de tristeza, incertidumbre y desesperación, lo que puede llevarnos a rozar los límites de la locura y hacer hasta lo imposible porque todo regrese a lo que antes era, aun si eso significa ingresar en los terrenos más sombríos del mundo.

Quienes ya han disfrutado las letras de King, sabrán que puede ser algo complicado seguir sus páginas si no tienes algo de paciencia. El estilo de este autor es de un ritmo lento, preciso en los detalles y las descripciones que ofrece nos sumergen en sus escenarios, de tal manera, que casi se puede escuchar el rechinido de las puertas, oler el aroma de la madera y la tierra húmeda, así como sentir la frialdad del filo de un cuchillo atravesando la piel.

La intriga que me dejó la historia después de ver su última adaptación cinematográfica del 2019 fue la que me llevó a adquirir el libro, su ambientación, el desarrollo de los personajes y las tradiciones que se pueden observar, así como los seres mitológicos que forman parte de la trama son los que crean esta atmósfera tan tenebrosa, misteriosa y a la vez fascinante. A pesar de que el final del filme no fuera lo que esperaba, algo que por cierto el libro compensa bastante bien, no iba a quedar satisfecha hasta haber resuelto mis dudas, algo de lo que definitivamente no me arrepiento.

Pet Sematary se convirtió en uno de mis libros favoritos de este autor, el gran uso del suspenso funciona como un gancho que no te deja despegarte de las hojas, aun cuando parece que todo va bien, King aprovecha para mandarte un disparo de intriga que te recuerda que la felicidad nunca dura demasiado y que te mantendrá con los dedos clavados en la cubierta con los nervios al máximo, al punto en el que cualquier sonido que escuches te hará voltear para ver qué es lo que hay a tus espaldas.

Otro elemento que hará que quieras seguir con la mirada en sus letras, está en todos los misterios que se ocultan en los pequeños detalles dentro del desarrollo de los acontecimientos, tu cabeza estará constantemente llena de ¿por qué?, ¿cuándo?, ¿qué sucedió?, ¿cómo llegó ahí?, surgirán cada vez más preguntas que si llegas al final, puede que descubras las respuestas, aunque también puede que no encuentres certezas.

A pesar de que antes de leer esta obra no frecuentaba mucho el género del terror, después de disfrutar Cementerio de animales, es seguro que me haré de otros escritos de Stephen King para disfrutar de la sensación de ser absorbida por el mundo que va creando en el papel, un mundo que te llama a indagar más allá de lo obvio, donde no hay un miedo momentáneo, algo que sea de un segundo, sino, un tipo de miedo que va creciendo con cada hoja que pasas y que puedes sentir como recorre toda tu espina vertebral por momentos, ese es el estilo del rey del terror.

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Cultura

Las barbas de satán

¿Cómo, usted ha visto al diablo?

De la serie Guatemala y otros viajes. Fotografía de Fernando García Álvarez

Las barbas de satán

Fernando García Álvarez

 Tú no eres nunca la humanidad; tú solo eres tu propio yo desesperadamente aislado.

Paul Bowles

Para nuestra querida y respetada Periodista Tere Gil.

Debió de ser en la ciudad fronteriza de Tecún Umán en Guatemala no lo recuerdo bien, el caso es que lloviznaba y una brisa muy fresca me erizaba la piel, quizá no había comido ya sea por falta de apetito o dinero, pero en este momento de repente una sensación de ausencia en el estómago me invadió con cierta nostalgia, como la bruma que cubría el entorno de ese caserío de chozas de tablas en la pequeña ciudad anónima, cuando eres joven y te gusta viajar el poco dinero que te acompaña te permite comer solo una vez al día.

Algunas veces los dioses son buenos y te permiten algún bocadillo de los árboles frutales que a la vera del camino crecen como una bendición para caminantes y peregrinos o suele ocurrir que algún compañero de viaje comparta sus viandas alegrándote así la jornada, incluso he tenido la suerte de que choferes de camión, agentes viajeros y vendedores me inviten a comer y beber opíparamente después de levantarme en alguna carretera.

Mis botas estaban húmedas pero mis pies secos, lo sé porque ahora que muevo los dedos dentro de las pantuflas cierto confort radiante me llena. La mochila de gruesa piel, aunque llena pesaba apenas, era un bolso pequeño con pocas cosas dentro, el caminante ha de ir ligero, los mochilones de ciertos viajeros europeos solo delatan el apego y vacuidad del turista que nunca llegará a ser un auténtico viajero como ocurre con los protagonistas de la novela El cielo protector escrita en 1949 por el escritor, músico y fotógrafo estadounidense Paul Bowles:

Entre el turista y el viajero la primera diferencia reside en parte en el tiempo. Mientras el turista, por lo general, regresa a casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que el siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra (yo añadiría y de su alma) El turista acepta su propia civilización sin cuestionarla y el viajero la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan.

Paul Bowles

Ahora que me esfuerzo por traer el pasado a mi mente removiendo y hurgando con delicadeza en pequeños detalles extraviados como fragmentos de un jarrón roto en una excavación de antropólogos, pienso que también pudo ser en Puerto Barrios donde deambulé por un par de días esperando un barco que me llevaría a Livingstone, sitio donde estuve a punto de ser linchado por unos furibundos hombres originarios de color, sí aprendí que algunos lugares pueden tornarse peligrosos sobre todo cuando uno tiene una nacionalidad desprestigiada como en Livingstone, donde descubrí cierto odio atávico hacia los mexicanos.

Paisaje nocturno de la sierra michoacana. Fotografía de Fernando García Álvarez.

Pero mis emociones se aclaran un poco y dicen que no, analizando bien la situación debió ser en las proximidades de la frontera con México porque el lugar rebosaba de cantinas, burdeles y todo tipo de antros de mala muerte, cierro los ojos y me veo platicando con un vendedor de chocobanano que se movía en una chirriante bicicleta cubierta de óxido ya casi al anochecer, se acercó para platicar a la mesa en la que bebía una cerveza tibia pues no tenían hielo ni nevera.

Él estaba de paso como casi todos, iba al norte, quería llegar a EUA y le pareció absurdo que yo viajara al sur, era un salvadoreño desertor del ejército. Luego caminé acompañándolo en su venta por la pequeña ciudad casi pueblo y después de haber tomado una foto de la Barbería Maya (solo una era una cámara que usaba película fotográfica con apenas 36 exposiciones) le compré un par de piezas de chocobanano y me dirigí al hotel a cenar el plátano cubierto de chocolate y congelado a manera de paleta con una naranja y unas pupusas que conseguí por ahí por unos cuantos quetzales.

Pasada la medianoche desperté por el aullido de algo muy lejanamente parecido a un perro y por el ruido y la agitación en la habitación contigua, algo se estrellaba contra la pared, me di cuenta de que golpeaban a alguien y el cuerpo rebotaba dramáticamente contra la pared de tablas, alcé la voz pidiendo silencio y solo recibí amenazas a varias voces, luego escuché aullidos, gemidos y llantos. Salí a toda prisa buscando al recepcionista y le reclamé la situación.

El tipo estaba muerto de miedo y me dijo que nada podía hacer, que eran traficantes de personas y podían matarlo, que lo mejor para mí era encerrarme en la habitación en silencio o largarme. Cuando le mencioné la policía me vio con desprecio advirtiendo -son ellos mismos los traficantes. No sea pendejo.

De regreso en el cuarto, me atrincheré lo mejor que pude, empujé un desvencijado ropero contra la puerta seguido por la frágil cama, eran muebles baratos que estaban a punto de derrumbarse por sí solos.

Empuñando la navaja me tumbé sentado y como pude sobre la húmeda mochila y las raídas cobijas en un rincón opuesto a la rústica puerta mientras la golpiza continuaba el resto de la noche, y yo miraba sobre el piso y las paredes hordas de enormes cucarachas devorar vivos a otros insectos rastreros. Ya clareando el alba cesó el ruido y la violencia y me arrojé a la cama a dormir agotado y con las botas puestas hasta el medio día que vencía la renta del cuarto.

Gráfica urbana en los muros del centro de la Ciudad de México. Fotografía de Fernando García Álvarez.

Al salir del hotel el tipo de la recepción que leía una biblia de canto dorado me dijo -debería cortarse esa barba tan fea que tiene, es como la que luego traen los guerrilleros o peor, es como la que usa el diablo.

-¿Cómo, usted ha visto al diablo? – contesté socarrón mientras entregaba el candado de la habitación.

-El pastor lo ha visto y nos cuenta cómo es y dónde se mete, dice que el comunismo es cosa de satanás, así que ponga atención a su apariencia, no lo vayan a confundir – amenazó.

Busqué algo que comer y luego traté de encontrar la barbería que había fotografiado, pero fue inútil, jamás volví a verla, o desapareció en medio de un aquelarre chapín o estoy predestinado a pactar con los ejércitos púrpura de belcebú y lucir como un ente maléfico, acaso pobre diablo. Seguro era una barbería hechizada donde Lucifer y sus acólitos infernales acudían a ponerse guapos y yo que carezco de la debida membrecía no debía volver a encontrarla.

Recordando hoy estos detalles en medio de la profunda noche de las montañas michoacanas decido levantarme de la ancha banca de madera haciendo a un lado la mesa con la computadora portátil y atisbo por la ventana pues los perros ladran enloquecidos, ¿aúllan? los vidrios escurren gotas de vapor condensado, la frescura y la soledad de la media noche al igual que en Guatemala me eriza la piel y me lleva a pensar en la violencia que late germinando ahora en estos poblados.

Esta es también una tierra de migrantes que siempre van al norte, nunca al sur y desde mi lejana niñez existen esas mismas chozas de madera y tabique rojo marcadas con un logotipo político circular en tres colores como sinónimo de pobreza y opresión, atávica, soterrada, visible solo para los que le buscan las barbas al diablo porque aquí también hasta hace poco se podía leer en algunos muros de adobe “Cristianismo sí, comunismo no” y era igualmente peligroso adentrarse en caseríos y rancherías luciendo atuendos extranjeros o barbas largas que recordaran protagonistas políticos de otras latitudes geográficas e ideológicas. Aquí la ignorancia ha marcado como enemigo histórico a lo nuevo, al cambio cualquiera que sea su apariencia.

Mi abuelo, hombre enérgico y aguerrido nacido en esta comarca nos tenía prohibido salir a pasear en el caballo aun a sitios cercanos donde vivían algunos parientes, “La perra cuando es brava hasta los de casa muerde” decía en su sabiduría popular. Así de cerrada era o es esta sociedad donde el caciquismo de las mismas familias de siempre medra sin mancha, los mismos apellidos sucediéndose en el poder político y económico, las mismas dinámicas de reparto del presupuesto, la riqueza y negocios entre unos cuantos.

En la claridad del cielo nocturno aparece una estrella negra, un punto de sombra. Punto de sombra y puerta de reposo. Ve más lejos, traspasa la fina trama del cielo protector, descansa.

Paul Bowles

Dicen que hombres armados se pasean por este lugar, dicen que han dejado un par de seres descuartizados en costales sanguinolentos junto a la presidencia municipal, dicen que algunas veces los malos, la maña anuncia toque de queda, dicen que los tiempos del apocalipsis alcanzaron estos pueblos sin ley tan huérfanos desde siempre, dicen…

Aunque hemos pasado unos maravillosos días de reposo tratando de escribir, ejercitando la memoria para reblandecer los muros del olvido y avanzar hacia la razón, comiendo vegetales y alimentos muy sanos producidos en las rancherías y localidades vecinas que en la Ciudad de México son imposibles de conseguir, a pesar de la protección espiritual de los antepasados, los espíritus del bosque y la buena voluntad de vecinos y amigos para sanar la mente, el cuerpo y el alma se necesita cierto carácter y temple de acero para vivir en este bello y salvaje páramo de la montaña. El mismo que se requiere para ser mexicano a cabalidad en medio de una revolución.

El pasado y el presente son hermanos gemelos los lugares tan distantes son uno mismo en diferente dimensión y tiempo, Guatemala, México, la sierra, el mar caribe son interpretaciones y mundos perdidos entre ejércitos de letras, ideas y emociones que estamos condenados a evocar aun a sabiendas de que lo que se va jamás regresa, añoramos apenas rastros efímeros, espuma de resaca marina.

Este escribidor que ya peina canas se ha servido un dulce y vaporoso ponche de frutas para seguir dialogando con las hadas de la floresta y la memoria, afuera la jauría sigue gruñendo en feroz pelea cual cancerberos invencibles, aunque el sentido común aconseja no salir al descampado (menos en pantuflas) mi inquieta, atormentada alma opina lo contrario, quisiera ver de cerca a las fieras nocturnas de ser posible inmortalizarlas en una foto, ¿tú qué harías?

El alma es la parte más cansada del cuerpo.

Paul Bowles

 

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Desde mi ardiente esquina

Candelaria, aunque grande, su cavidad es relativamente estrecha…

La Comuna en el centro de la Ciudad de México es una talentosa hermandad en la que el arte gastronómico destaca. Fotografía de Brenda Osnez.

Desde mi ardiente esquina

La partera del placer

Cuando formas parte de una comuna es difícil precisar las actividades que cada integrante va a realizar desde un principio, no hay jefes, no hay líderes, todos para todos, nadie para uno (¿cómo era?). En estos casos cada uno establece en función a su disposición y (en segundo término) a sus capacidades, la tarea a la que se puede comprometer. En mi caso, en la cadena de eslabones que conforman la creación de una pizza (el actual proyecto de la comuna), encontré mi lugar rápidamente: nadie puede soportar (sin correrse) (de sudor, digo) los niveles de (calentura) pirexia a los que llego y en los que permanezco toda la tarde. La posición de trabajo a la que a mí me gusta llamarle de «carbonera» es sin duda alguna el mejor trabajo que puede elegir una (candente) mujer reflexiva (como yo).

Cuando la gente piensa en el personal de una pizzería lo primero que viene a la mente es un saltimbanqui malabareando ágilmente un flexible disco de masa blanca y suave para después cubrirla con salsa de tomate, queso y (todas esas cositas ricas que nos inflaman el…)(colon) los ingredientes de nuestro agrado; quizá, también en los amables meseros y meseras tomando órdenes y sirviendo cerveza y vino (como verdaderas vacas sagradas), pero ¿acaso nadie se ha preguntado quién incuba con la calidez de un útero sólido y arcilloso la crujiente pieza que a la boca se llevan con semejante (lascivia) gusto? Y si es que han tenido ocasión de observar tan noble trabajo (que en este momento rebautizo como «parteros del deleite»), ¿no se ha despertado el fuego de la curiosidad sobre el discurrir del pensamiento de quien sólo refleja llamas en los ojos? No os preocupéis señoras y señores que el día de hoy les redactaré un día en la vida de la carbonera de la comuna (o la partera del deleite, como prefieran).

La Comuna en el centro de la Ciudad de México es una talentosa hermandad en la que el arte gastronómico destaca. Fotografía de Brenda Osnez.

Hacerse cargo de Candelaria (el horno es en realidad una ella) va más allá de meter y sacar (con mi enorme pala) apetecibles masas con queso de ella. Antes de entrar uno tiene que tocar las puertas, es protocolo (y decencia, sobre todo); una rápida inspección en sus paredes internas me ayudará a determinar si está en condiciones (y disposición, claro) de recibir los flagrantes y resplandecientes trozos (de madera). Normalmente me veo en la necesidad de introducirle una escobilla para limpiar los restos de pringue de la noche anterior (la muy insaciable), pero eso sólo toma un par de minutos. Una vez limpia, es hora de encender(le) la cosa. Candelaria, aunque grande, su cavidad es relativamente estrecha por lo que es importante tener palos chicos (insaciable pero no rigurosa) o de otra forma la pala no entra. Sé que los puristas se van a enardecer, pero me gusta ungir los (lúbricos) palos con un poco de aceite, favorece la inflamación, sobre todo en un principio cuando la llama no arde. Una vez que se enrojece el primer trozo (de madera) los demás prenden al poco tiempo (de ver se antoja) (la pizza), es cuestión de paciencia y determinación. La oxigenación en este punto es importante para ambas partes: bien es sabido que la combustión no es posible sin oxígeno, por lo que recomiendo (ampliamente) darle una (fuerte soplada) buena entrada de aire, eso siempre ayuda a prenderla rápido, pero cuidado, más de una vez con la cara de frente a la cavidad me ha sorprendido (avísenme) salpicándome el rostro de chispeantes partículas en llamas, así que más vale tener precaución a la hora de ejecutar maniobras avanzadas como ésta.

Una vez lograda la proeza de la ignición lo demás es lúdico; en ocasiones, durante el acto, llego a entrar en un reconfortante trance con la única sensación del rezumar de mis poros, la salinidad de mis labios y el lento discurrir del tiempo. En esos momentos de febril ofuscación de los sentidos mi pensamiento atraviesa como una flecha el fatídico («fétido» para ser exactos) sentido de todas las cosas: la entelequia (el fin, pues) del trigo, que más que una deliciosa pizza napolitana es el proceso digestivo, placentero, claro, pero que finalmente acaba (en el váter) convertido en (un pastel de) rigurosa (mierda) materia (fecal) orgánica, y está bien, la naturaleza es así.

Cuando despierto del (delicioso) letargo al que me induce la acalorada danza del fuego, normalmente a causa del (clímax) (de la noche, por supuesto) estrepitoso reír de un comensal por el éxtasis del momento o el grito de apoyo en la cocina, me siento relajada (nomás faltaba), distinta. No vuelves a ser el mismo tras ocho horas frente a las llamas.

La etapa más difícil de mis días con Candelaria es, sin duda, cuando las reservas de energía ya no dan para mantenerla (caliente) horneando, las fuerzas de mis músculos flaquean, la medianoche se acerca y los comensales van saliendo sonrientes (ebrios) y felizmente colmados de queso, pan y vino; es entonces cuando el fuego se va apagando (la costumbre…). Pasar de un vivo rojo a un naranja desvaído del escoldo nunca es fácil. Su calor me acoge hasta el último segundo y lo recuerda mi piel hasta el día en que nuestro indefectible ritual nos vuelva amalgamar.

La Comuna se encuentra ubicada en centro de la Ciudad de México, en la Colonia Obrera. Puedes contactarlos en la siguiente liga.

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