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¿Es usted un covidiota?

El covidiota posee una gran virtud, surge por generación espontánea…

¿Es usted un covidiota?

Redacción de Terciopelo negro prensa libre

Si sonríe al leer la siguiente nota no cabe duda, si se enoja es un redomado covidiota, si llora se ha sentido descubierto, si se indigna es que lo lleva con orgullo, si finge demencia le enloquece ser covidiota, si se queda serio ¿es un covidiota cínico? Mejor averígüelo en esta lista inconclusa.

  1. El covidiota iluso sigue siendo vivido por su infancia en la que cada capítulo de los expedientes secretos X era una página de la vida real y supone que la pandemia es una táctica de engaño que los reptilianos infiltrados como líderes políticos usan para conquistar el planeta y esclavizar a la raza humana mediante una vacuna que introducirá en él un chip.
  2. El covidiota jacarandoso, en discreto, pero concurrido festejo celebra bodas, onomásticos, aniversarios, festivales, fiestas patronales, religiosas y decembrinas sin que poder humano o divino pueda detener el torrente de bullicio que de su atormentado ego brota para inundar las salas de emergencia de los hospitales.
  3. El covidiota emprendedor siempre haciendo su luchita vende micheladas, cubas, carnitas, hamburguesas y demás garnachas en desenfrenada orgía con narco corridos, reguetón y cumbias a más de120 decibeles, fortalece la salud de sus vecinos porque está convencido que al igual que el Covid la diabetes, hipertensión y sobre peso son enfermedades imaginarias.
  4. El covidiota empresarial llora a gritos que el gobierno no lo rescata y acumula bajo la alfombra: impuestos sin pagar desde hace décadas; infundios a sus acreedores; agravios a sus deudores y cadáveres de empleados obligados a trabajar hasta la muerte porque como decía alguno de sus antepasados “la moral es un árbol que da moras”.
  5. El covidiota inocente nació breve e inmaculado como video de tik tok. Desconoce la culpabilidad y erguido y orgulloso convive en el antro, el centro comercial, la cantina y en excursiones familiares se mueve como pez en el agua grabando y tomando selfies con su teléfono para compartir su libertad en cuanta red social se le presente, al grito de “la culpa es del maldito gobierno comunista”.
  6. El covidiota fashionista, ¡siempre imponiendo tendencia!, ha logrado tremenda colección de cubrebocas para cada outfit de la temporada y los luce sin timidez en las pasarelas de la vida. Los hay de diseñador, de textiles indígenas, deportivos sin faltar el logo que realza y da caché, los de canutillo y lentejuela, y sin faltar por supuesto los tuneados, customizados e improvisaciones personales. Ninguno cumple las normas, pero son nice. Su consigna es “primero muerto que mal vestido”.
  7. El covidiota audaz sorprende a todos cada semana con una carne asada relámpago, en la amplia azotea de su departamento donde responsablemente promete sana distancia y cubrebocas sólo por “el gusto de volverte a ver”. No me malinterpretes, quiero lo mejor para ti sólo comes y te vas.
  8. El covidiota despechado como el ave fénix se levanta en ágil vuelo de sus cenizas y desde las estratosféricas alturas de su ego descubre desconocidos pueblitos inermes con bajo nivel de contagio para pasear con su nuevo amor y posar con él en las mil y una fotos para Instagram. Él nunca llevará la pandemia consigo, es de esas aves que cruzan el pantano sin mancharse.
  9. El covidiota misterioso como la policía japonesa, mantiene en secreto su contagio para que nadie sepa de sus clandestinas reuniones de generación con sus ex compañeros de la primaria. Portando sus armas bacteriológicas este escurridizo agente de la cháchara y el espionaje marital guarda celosamente el secreto por aquello de la discriminación y la maledicencia de la gente.
  10. El covidiota pícaro de mirada socarrona cantinflea, te finta bailando el pasito tun tun, con sorna te tutea -Mira chato- dice bien cool, plancha con las manos el vetusto saco y heroico continúa narrando las mil y una veces que le ha escurrido el bulto al contagio y a la muerte para ir por unos tacos, una pancita o un menudo, una pizza, una hamburguesa y una cervecita bien helada. Porque él es bien chingón.
  11. El covidiota mitómano justifica sus viajes y salidas de casa con trámites diferentes cada día y en ese infausto destino navega los archipiélagos de las ofertas pobladas de cíclopes de aparador, sirenas de salón de belleza y brujas a mensualidades sin intereses de tiendas de moda, invencible e incansable ya tramita incluso su acta de defunción.
  12. El covidiota whitexican, de todo hay en la viña del señor. Esta especie pasea con su family por las grandes avenidas de boutiques de diseñador, restaurantes de autor, arrastra en la pálida diestra su autoestima junto a sus perritos y en la siniestra un espumeante y caliente café de la sirenita. En su mayoría, sin cubrebocas ni caretas entra triunfal a cualquier restaurante con la certeza inefable de su inmortalidad, apunta su cel de última generación y graba sus balbuceos entrecortados por la asfixia. Detesta morir sin haber alcanzado los 200 mil suscriptores.
  13. El covidiota reincidente es pura conciencia astral surfeando en las filosofías exóticas y galaxias new age, con la puntual certeza de su inmediata reencarnación no teme contagiarse varias veces. El mundo es tan solo una ilusión y el covid un suspiro del karma.
  14. El covidiota forever es desconfiado y renuente a todo lo que suene a novedad, cambio o progreso y por eso jamás se vacunará, sus youtubers y chayoteros le han informado que es un engaño para acabarlo, para controlarlo y destruirlo.
  15. El covidiota chayotero hijo del infortunio y la desgracia esparce noticias falsas, información tergiversada y cuantas opiniones obtusas le indiquen sus patrones, a él no le importa ser escudero de la muerte pues su desinformación es mortal al igual que el covid tampoco respeta edad, sexo ni ocupación
  16. El covidiota goloso gusta revolcarse en el lodo de la ignominia acumulando orgullosamente en su haber varias categorías de covidiota.
  17. El covidiota fanático no solo marcha contra el gobierno por “engañar a la gente con una inexistente pandemia” al grito de consignas recicladas de la marcha fifí exhibe su sofisticada ortografía y exquisita redacción “Azí no ELMO fasista, te tenemos a la Bista”
  18. El covidiota trasatlántico se mimetiza con el vaivén de los barcos, aunque viaje en avión, lleva y trae, trae y lleva de continente en continente, de país en país; artesanías indígenas, ropa de marca, bebidas prohibidas, restos arqueológicos robados y enfermedades mortales como amorosos recuerdos de su errante solvencia económica.
  19. El covidiota mentecato está informado de la situación y entiende que es muy delicada pero no se pondrá la vacuna porque le dan miedo las reacciones adversas quizá espere al próximo año ya que todos estén vacunados.

Este es nuestro inventario, si usted no se identificó en este breve listado seguramente puede aportarnos otras categorías interesantes porque eso sí, el covidiota posee una gran virtud, surge por generación espontánea. Recuerde que esta pandemia es reflejo de una sociedad cuya pandemia eterna es y seguirá siendo la ignorancia.

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1 comentario

1 comentario

  1. Luis Fernando Ulloa Hosking

    noviembre 9, 2021 en 7:18 pm

    Buen inventario, quizá se tenga un poco de uno o del otro.

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Un fantasma recorre el mundo

A la par del Covid otras tantas desgracias siguen asolando el planeta como ocurre desde que el mundo es mundo…

Un fantasma recorre el mundo

A propósito de nuestro azaroso devenir en este agonizante año 2020, he recordado una célebre frase del emperador romano Marco Aurelio “La perfección moral consiste en pasar cada día como si fuera el último; sin agitación, turbación ni hipocresías” y no es que pretenda alcanzar tal perfección en mi anónima existencia, ni aspire al temple espiritual de grandes hombres, sucede que ante situaciones inéditas algunos seres humanos solo atinamos a sostenernos de algunas ideas que estén a mano como si se tratara de un salvavidas.

En un principio allá por el mes de enero supimos con toda precisión que el fantasma de una nueva pandemia empezaba su periplo por el mundo, has de saber querido lector que hace poco más de cien años otra pandemia llamada “influenza española” cebó su apetito con mi familia acabando con parte de ella, así que por experiencia consanguínea supuse el asunto se pondría color de hormiga, los meses subsiguientes infortunadamente convirtieron tal suposición en una certeza que sigue fortaleciéndose cada hora con nuevas cifras de cientos de miles y millones de víctimas según se lleve la contabilidad.

A la par del Covid otras tantas desgracias siguen asolando el planeta como ocurre desde que el mundo es mundo; pobreza, guerras, invasiones, hambruna, enfermedades, explotación, devastación del entorno natural, esclavitud y manipulación mediática solo por citar algunas de esas calamidades. Al parecer estaríamos condenados a sobrevivir salvajemente al grito de “sálvese el que pueda” como bien lo gritan ya los agoreros del inframundo conservador y reaccionario ahora que perdieron la administración del presupuesto nacional.

En cierto modo este bendito país es decir nosotros, sus mayormente asalariados y mediatizados habitantes hemos sobrevivido durante muchísimas décadas protagonizando una desigual batalla campal contra las fuerzas oscuras del estado profundo, que no es otra cosa más que un gobierno clandestino operado por mafias de poder encubiertas o poderes fácticos actuando siempre de manera cómplice para evadir y sabotear la agenda democrática y de justicia social del pueblo y sus representantes elegidos en las urnas.

Y a todo esto sumemos que una peste más terrible y devastadora que el propio Covid ha sido sembrada desde los medios empresariales y ha hecho metástasis en prácticamente todos los medios de comunicación incluidas por supuesto la internet y sus redes sociales, me refiero a la pandemia del odio, cuyos efectos a lo largo y ancho de la historia han sido probados y comprobados para dividir, fragmentar, confundir, enemistar, reducir y someter comunidades, pueblos y naciones.

Han sido los primeros indicios de transformación, cambio, evolución, transición y fin de la tiranía los que han desatado el temor sin freno, el miedo extremo, el pánico de una minoría rapaz y esquizofrénica a perder su poder y riqueza mal habidos así que han echado mano a su maquinaria de propaganda para tratar de incidir mediante, el engaño, la distorsión, la mentira y la falsedad en el ánimo de la gente, saben que generando encono, rabia y dolor, las reacciones viscerales serán antepuestas al pensamiento razonado y crítico que necesitamos para salir victoriosos en estos aciagos momentos.

A unas horas de que termine este año te propongo querido amigo, renovar nuestra gesta por la fraternidad, la igualdad y la libertad, elevar por sobre todas las cosas el amor y la búsqueda incesante de la verdad, que cada mujer, hombre, niño luche en su trinchera por un país, un mundo donde todas las ideas tengan cabida y nadie sea excluido.

Feliz y muy próspero año nuevo 2021 deseo a todo el equipo de terciopelonegro.mx a sus extraordinarios colaboradores y generosos lectores, ya vendrán nuevos tiempos y nuevas historias que contar.

 

Ciudad de México, diciembre 31, 2020

Fernando García Álvarez

Director

 

 

 

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Arte

El perico de doña Lala

Y el perico obedecía sin hacer caso a nuestras escandalosas risas.

Desfile de alebrijes, Calle de Independencia, Centro Histórico, CDMX.

El perico de doña Lala

Víctor Salgado

Cómo olvidar aquellos años felices de la escuela primaria. ¡Imposible! Recuerdo especialmente tres cosas: la tabla de castigo de la maestra Yolanda, los ojos brillantes y negros de Celia y el perico de doña Lala. Aquella tabla de castigo parecía haber encontrado en mi espalda su lugar favorito; todas las tardes (porque estudiaba en el turno vespertino) la maestra Yolanda me azotaba por causa de algún vidrio roto, una tarea incompleta o por algún chochito lanzado con popote que había perdido su rumbo y había ido a parar en el copete cuidadosamente peinado de la licenciada en Pedagogía Yolanda Vargas Almonte. Afortunadamente, aquella mujer ya no enseña más: dejó la profesión de maestra para volverse vendedora de cosméticos.

Celia era una morenita flacucha con piernas de lagartija que me traía loco. Tenía una hermana tres años mayor que –decían las malas lenguas– ya se había besuqueado con todos sus compañeros de secundaria. Pero Celia era discreta, o más bien tímida, de las que sacaban diez en todo y su mayor ilusión era estar en la escolta. Una tarde le pedí que fuera mi novia y dijo que sí, pero al día siguiente me dijo que ya no. Yo estaba desconcertado. Ya sé que las mujeres tienen comportamientos muy extraños, que es difícil distinguir cuando de veras están enamoradas y cuando solamente tratan de divertirse a costa de un pobre idiota ilusionado; pero en quinto de primaria no era tan experto en cuestiones femeninas, así que Celia me dejó confundido y atontado. Más tarde me explicó que su padre le dijo –más bien le gritó– tajantemente que de ninguna manera permitiría que una hija suya anduviera de buscona con cualquier barbaján, vago y sinvergüenza que la dejara botada cuando saliera con su domingo siete… “Pero podemos ser amigos”, dijo Celia y yo acepté.

Doña Lala vivía exactamente frente a la puerta de la escuela. Todas las tardes ponía una mesa en la entrada de su casa y vendía frituras, congeladas, gelatinas, paletas, chicharrones preparados y una gran variedad de dulces. A todos nos hacía muy felices. Yo procuraba guardar uno o dos pesos de lo que mi madre me daba para gastar a la hora del recreo, pues con eso (benditos aquellos lejanos tiempos) bien que me alcanzaba para darme un festín de lujo. La señora era viuda y ya todos sus hijos habían hecho vida aparte, por lo que vivía sola. Bueno, no tan sola. La acompañaba un perico parlanchín que era toda una atracción. El perico, instruido por un montón de chamacos que no tenían nada mejor que hacer, había adquirido la habilidad de repetir alegres frases juveniles y picaronas, desde saludos graciosos hasta los más rebuscados albures. Nunca faltaba un grupito de niños disparateros que se acercaba al puesto de doña Lala con el pretexto de comprar un boing congelado y, aprovechando la ocasión, hacerle repetir al perico las más novedosas groserías.

–Hola, periquito –le decíamos–. Di “huevos”.

–“Huevos” –repetía el perico, y todos respondíamos con una alegre carcajada.

–Periquito, di “cámara, güey”.

Y el perico obedecía sin hacer caso a nuestras escandalosas risas.

–Perico, a ver, di “mamacita, estás bien buena”.

Definitivamente la pequeña ave estaba dotada de una inteligencia suprema, pues cada vez era mayor su repertorio de picardías y frases propias de los niños que solíamos asistir a las primarias públicas de las colonias populares. Llegó el momento en que ya no era necesario pedirle al perico que repitiera las palabras que le enseñábamos, pues el sorprendente animalito nos veía llegar al puesto y su prodigiosa memoria le hacía entender que era el momento de soltar una alegre oración del tipo “no mames, güey”, “tu mamá es mi novia”, “a ese güey no se le para” o algo por el estilo. Doña Lala fingía molestarse por las muchas ocurrencias del perico mal hablado, pero más de una vez alguien la vio riéndose de las vulgaridades dichas por éste. A veces, al ver que el perico no estaba en su acostumbrado lugar junto al puesto, alguno le preguntaba a la digna señora “doña Lala, ¿dónde metió su pájaro?”

–Chamacos pendejos –contestaba la doña–, a mí no me estén albureando.

Una tarde de verano me di cuenta de que Celia estaba más bonita que nunca, y todavía, muchos años después, no encuentro las palabras precisas para expresar lo que sentí. Fue como si un yo diminuto y vestido de diablo (como en las caricaturas) apareciera en mi hombro izquierdo y me hubiera dicho al oído “ándale, baboso, ahora es cuando. ¡Mira nomás qué chulada!”

Y ahí va el otro de idiota…

–Celia, quieres…

¿A dónde la iba a invitar con los tres pesos que me habían sobrado del recreo? ¿Al cine? ¿Al teatro? ¿A cenar en un restaurante francés?

–Celia, ¿quieres un chicharrón preparado? Yo te lo invito.

Sólo me alcanzaba para uno.

–Bueno, pero vamos rápido. Tengo que regresar temprano a mi casa –fue la respuesta de Celia, y en ese momento el mundo se convirtió en el lugar más feliz y complicado que podría existir.

Nos dirigimos, pues, al zaguán de doña Lala, donde la carismática anciana nos recibió con una formidable sonrisa.

–Hola, niños. ¿Qué van a llevar?

–Denos un chicharrón prep…

–Mamacita, estás bien buena –dijo el perico inoportuno.

Intenté por segunda vez pedir la necesaria golosina del amor.

–¿Nos puede preparar un…?

–Tu mamá es mi novia –intervino de nuevo el animalejo.

Celia se sonrojó, pero no pudo evitar soltar una risita tierna. Yo, que empezaba a desesperarme, hallé consuelo a mis penas cuando vi que Celia se divertía con las vulgaridades del pajarraco. Así que me lancé otra vez al ataque, esperando que la nueva frase del perico fuera más graciosa que las anteriores.

–Doña Lala, nos da un chicharrón preparado, por favor.

–¡A ese güey no se le para! –declaró la majadera ave.

Me sonrojé, y no es que tuviera razón el perico, sino porque Celia y doña Lala parecían ahogarse con sus incontrolables carcajadas. ¡Condenado pájaro! Pero valió la pena: la dulce señora nos regaló dos chicharrones preparados; Celia se divirtió demasiado; y yo, avergonzado y todo, viví uno de los momentos más felices de mi infancia.

Ojalá que Celia, donde quiera que esté, se acuerde de esa tarde de verano…

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Arte

Cuento de invierno

Un hombre alegre, alto de luenga barba camina por el corredor de la casa…

Somorujo y Cocorrín

Fernando García Álvarez

A mis abuelos

Nada mejor que despertar calientito con los ojos dulcemente entrecerrados y desperezarse a pierna suelta en una esponjosa salea de borrego mientras el crepúsculo se anuncia fresco y oloroso a ocote y humo de leña seca, más delicioso aun si los chinacates magueyeros ya patinan en el aire juguetones haciendo piruetas a lo largo de la milpa, el pan casi listo dorándose en el horno y la leche hervida se enfría en un jarro sobre el pretil del vetusto corredor. Tímidamente surge la música de los grillos y a medida que se obscurece el cielo van creciendo las notas de la orquesta camuflada en la floresta.

-Mmm rrrñau hora de almorzar- piensa Somorujo y complacido estira sus músculos en todas direcciones, arquea la espalda como rama de capulín y encoge los brazos y las manos como un pianista interpretando a Chopin, lanza las piernas a los lados con esas patitas llenas de uñas tan filosas como pequeños garfios, la gorda cola parda igual a la de los mapaches adopta la postura de una serpiente que baila hipnotizada. Convertidas en radares giratorios sus orejas se inclinan rotando en todas direcciones y los bigotes aguamieleros van recuperando tono formados en hileras perfectamente delineadas.

Coocorrrín, coocorrrín, coocorrrín dice el canto que baja por la cañada de pinos y oyameles, se escucha el trino hasta el último rincón de la casa y somormujo se sienta con los ojos muy abiertos, acicalándose a lengüetazos largos, parsimoniosos y se rasca un poco para seguramente avispar a las pulgas. Estamos en el helado invierno y la neblina aflora saltando como una cascada de espuma desde la cumbre de la montaña y es tan nítida como el canto del cocorrín -una pequeña ave- que acostumbra desde tiempos inmemoriales a inaugurar las noches de la montaña, noches que abigarradas de vapores y ruidos misteriosos nutren las entrañas de la tierra.

Un hombre alegre, alto de luenga barba camina por el corredor de la casa seguido de cerca por un coro de maullidos, es el abuelo a quién llaman cariñosamente don Ángel y va llamando uno a uno y por su nombre a los hermanos de Somorujo; Tilín, Muti, Burro, Tiburcio, Aristófanes, Puma y a Gaiferina la gata barcina que con sus cuatro cachorros dando brincos y carreras se acercan al abuelo ya instalado cómodamente en una silla de madera labrada y trepan por sus piernas hasta el regazo donde reciben un trozo de crujiente pan recién hecho y remojado en leche tibia, siguen por turnos hasta que cada felino recibe de esas nudosas manos una cariñosa porción. El pantalón de don Ángel es una especie de musgoso archivo deshilado en el que se han registrado día a día todas las uñas de los escuincles bigotones de la casa.

– ¡Feliz nochebuena! – dice el abuelo a los felinos que ya satisfechos se acomodan a los pies del hombre.

A lo lejos se puede escuchar la algarabía de los chiquillos que rompen una piñata, los nietos de don Ángel e hijos de los vecinos cantan a coro los populares versos

¡Dale, dale, dale no pierdas el tino

Porque si lo pierdes, pierdes el camino

Bajen la piñata, bájenla un tantito

Que le den a palos poquito a poquito!

Una vez satisfecha el hambre y relamiéndose los bigotes Somorujo con la cola por todo lo alto atraviesa el corredor hasta el umbral de la puerta, se detiene y voltea para despedirse con una mirada, el abuelo sonriente lo mira divertido y le recuerda.

-El tecolote al ocote, el pingüino a su destino y la sal a su santísimo lugar; atención Somorujo brujo el botiquín está casi vacío, así que cuídate de la lechuza y los cazadores ¡eh pequeño bandido!, te quiero de vuelta completo; 2 orejas, rabo, cuatro patas y dieciocho dedos-

Y es que el pago por las andanzas en la montaña es alto; nuestro amigo ya perdió un ojo en una noche parecida a esta, fue en una feroz batalla con esa temible lechuza que apareció de la nada en el más absoluto sigilo para atacarlo sin piedad con dos poderosas garras por el lomo mientras encajaba en su cara el acerado y puntiagudo pico logrando extraerle un ojo, apenas una retahíla de zarpazos desesperados como respuesta lograron herir al ave que sorprendida lo soltó huyendo permitiéndole así salvar la vida. Su duro pellejo también guarda postas de plomo insertadas profusamente como doloroso recuerdo de los cazadores nocturnos que salen a matar todo lo que encuentran a su paso deslumbrando a las víctimas con una lámpara -brutos ignorantes- se dice a sí mismo Somormujo que recordando estos detalles ya ha salido de los límites de la pequeña propiedad llamada rancho Raco y se adentra como una sombra en la cañada del pintor ya dentro del bosque.

Se percibe la humedad espesa que anida en las profundas capas de hojarasca, el viento frío es apenas un soplo frágil, un leve murmullo que sirve de fondo a una sinfonía de ruidos; el croar ocasional de ranas y algún sapo, el siseo de las víboras de coralillo, cascabel y algunas culebras, alas abanicando la bruma, pezuñas escarbando raíces en el lodo, zarpas trepando por los árboles, picos taladrando madera podrida, casi se puede escuchar el zumbido de las luciérnagas que como apariciones de ámbar semejan jugar a las escondidas. Lo único que parece descansar en un hondo silencio como queriendo ser invisibles, son los enjambres de millones de mariposas monarca que unas junto a otras en cerradísima formación como los pétalos de una rosa cuelgan doblando con su peso las ramas de los oyameles y encinos.

Ahí está el final del paseo; un imponente árbol que aún en la obscuridad refleja la luz de la luna llena en su lustroso tronco de vivos tonos naranjas, rojizos y dorados, es un madroño imponente como un castillo de fuertes ramas como altas torres que se entretejen en un laberinto de nudos y follaje mecido suavemente por el sopor de la profunda barranca que con su difícil acceso ha impedido el paso a los leñadores que devastan el monte.

Las horas de viaje y sus riesgos son nada cuando la amistad impulsa la determinación de nuestra sangre, en una de las ramas más altas anida el cocorrín, compañero de andanzas y querido amigo de Somorujo.

-Viejo y añorado hermano, bienvenido a mi modesto hogar que se honra con tu presencia, que las hadas y los chaneques del bosque te colmen de bendiciones y premien tu valor por este largo y cansado viaje -con estas palabras recibió cocorrín a Somorujo que tiene un carácter reservado y al paso de los años se ha vuelto un tanto gruñón – no es nada, quería estirar los pies y recordar viejos tiempos contigo, viejo pájaro del alba y el crepúsculo -contestó dándole un abrazo.

Mucho tiempo fue el que conversaron de diversas cosas, a veces riendo a carcajadas y otras con la corrección que obliga el protocolo de los magos del crepúsculo, porque es de todos conocida la estirpe guerrera de los cocorrines y los gatos barcinos. Intercambiaron recetas y encantamientos, contaron las estrellas del solsticio de invierno, nombraron con cantos muy antiguos a los hongos que nacerán en septiembre y conjuraron las plagas con algunas invocaciones, se dieron por muy agradecidos con la vida de esta dimensión, elevaron plegarias para que el sol siga avanzado en su corcel dorado equilibrando los ciclos naturales y ya casi para despedirse dijo cocorrín -tenemos poco tiempo, los hombres se están perdiendo, el alma ha escapado de sus cuerpos y sólo unos cuantos cumplen con su pacto de cuidar el mundo.

-Cierto, y bien poco podemos hacer, nuestra propia existencia es ahora un milagro, enfrentemos nuestro destino con valor, los seres humanos han sido presa de su ambición desmedida y ya pagarán en su momento, sólo nos resta tener compasión- respondió Somorujo.

-Hasta pronto incansable guerrero, que en tu retorno te guíen las visiones del gran espíritu más que las de tu cansado ojo, lleva a don Ángel y a doña María mis bendiciones y siempre ten presente sus consejos.

-Sea pues, rey del ocaso, que tu canto vibre siempre y tus alas toquen el azul más puro del cenit.

Somorujo emprendió la vuelta a casa un par de horas antes del amanecer, a toda velocidad, corriendo cuesta abajo cual avalancha peluda, sin detenerse un solo momento sorteó con gran experiencia y sabiduría los puntos difíciles y los pasos de montaña peligrosos en los que los coyotes, linces y lechuzas son un peligro permanente por suerte a esa hora ya no había cazadores en el campo, a lo lejos vio la casa y se sintió complacido y seguro.

Relajó la marcha cuando entró al rancho respirando tranquilo, sin darse cuenta al doblar una esquina del jardín del lado que no tenía ojo, topó de frente con una mirada asesina y un chillido estridente.

Los abuelos Ángel y María estaban de pie en el corredor y tomaban su café en jarritos, de improviso don Ángel se llevó las manos a la cara tirando en ese descuido la bebida y el pequeño batallón de gatos que lo acompañaba salieron disparados como centellas en todas direcciones tropezando con lo que había al paso.

–¡Te chingó de nuevo el zorrillo! -le dijo tiernamente el abuelo a Somorujo cubriéndose la nariz con el paliacate. Y sí, el seguro de viaje de los chaneques no cubre accidentes domésticos, y todavía faltaban las bromas de los nietos citadinos cuando lo bañaran. El verdadero final del viaje aun para los magos es un misterio insondable.

 

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