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Educación

Diálogo entre Albert Einstein y Sigmund Freud

¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra?

Nueva gráfica popular en las paredes de la Verde Antequera (ciudad de Oaxaca, México)

Diálogo entre Albert Einstein y Sigmund Freud

M. en T. Psic. Carlos Chávez Macías

¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra? Einstein a Freud

El 30 de julio de 1932, el famoso físico Albert Einstein[1] escribió una carta a Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, preguntándole si existía algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra.

Freud[2], quien tenía 76 años, le contesta en septiembre del mismo año. En esta época ya había acontecido la I Guerra Mundial (1914-1918), y aún no daba inicio la II (1939-1945). La ONU fue constituida en 1945, para suceder a la Sociedad de Naciones, creada en 1919 y desaparecida en la II Guerra Mundial.

 Einstein y Freud únicamente se habían visto en una ocasión, en la casa del hijo menor de Freud en Berlín 5 años antes, a principios de 1927. En una carta al también psicoanalista Sándor Ferenczi, Freud[3] escribió acerca de esa reunión: “En efecto, charlé dos horas […] con Einstein […]. Es una persona jovial, segura y amable, entiende tanto de psicología como yo de física, de manera que nos entendimos a las mil maravillas”.

Después de esas cartas sobre los motivos de las guerras, intercambiaron algunas en 1936 y 1939.

A continuación, presentamos a modo de diálogo extractos textuales de ambas cartas publicadas en las Obras completas de Sigmund Freud.

 

El problema de la guerra

Albert Einstein: “La propuesta de la Liga de Naciones y de su Instituto Internacional de Cooperación Intelectual en París […] me brinda una muy grata oportunidad de debatir con usted una cuestión que, tal como están ahora las cosas, parece el más imperioso de todos los problemas que la civilización debe enfrentar. El problema es éste. ¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra? […] todo intento de darle solución ha terminado en un lamentable fracaso”.

Sigmund Freud: “Esperaba que escogería un problema situado en la frontera de lo cognoscible hoy, y hacia el cual cada uno de nosotros, el físico y el psicólogo, pudieran abrirse una particular vía de acceso, de suerte que se encontraran en el mismo suelo viniendo de distintos lados. Luego me sorprendió usted con el problema planteado […]. Recapacité entonces, advirtiendo que no se me invitaba a ofrecer propuestas prácticas, sino sólo a indicar el aspecto que cobra el problema de la prevención de las guerras para un abordaje psicológico”.

Einstein: “Creo, además, que aquellos que tienen por deber abordar profesional y prácticamente el problema no hacen sino percatarse cada vez más de su impotencia para ello […]. En lo que a mí atañe, el objetivo normal de mi pensamiento no me hace penetrar las oscuridades de la voluntad y el sentimiento humanos […] poco puedo hacer más allá de tratar de aclarar la cuestión y, despejando las soluciones más obvias, permitir que usted ilumine el problema con la luz de su vasto saber acerca de la vida pulsional del hombre”.

Freud: “Pero también sobre esto lo ha dicho usted casi todo en su carta. Me ha ganado el rumbo del barlovento [de donde sopla el viento], por así decir, pero de buena gana navegaré siguiendo su estela y me limitaré a corroborar todo cuanto usted expresa, procurando exponerlo más ampliamente según mi mejor saber –o conjeturar-”.

Nueva gráfica popular en las paredes de la Verde Antequera (ciudad de Oaxaca, México)

Creación de un organismo internacional

Einstein: “Estoy seguro que usted podrá sugerir métodos educativos, más o menos ajenos al ámbito de la política, para eliminar esos obstáculos […]. Siendo inmune a las inclinaciones nacionalistas, veo personalmente una manera simple de tratar el aspecto superficial (o sea administrativo) del problema: la creación, con el consenso internacional, de un cuerpo legislativo y judicial para dirimir cualquier conflicto que surgiere entre las naciones”.

 Freud: “Opino que con ello ya está dado todo lo esencial: el doblegamiento de la violencia mediante el recurso de transferir el poder a una unidad mayor que se mantiene cohesionada por ligazones de sentimiento entre sus miembros. Todo lo demás son aplicaciones de detalle y repeticiones […].Evidentemente, se reúnen aquí dos exigencias: que se cree una instancia superior de esa índole y que se le otorgue el poder requerido. De nada valdría una cosa sin la otra”.

Einstein: “Pero aquí, de entrada, me enfrento con una dificultad; un tribunal es una institución humana que, en la medida en que el poder que posee resulta insuficiente para hacer cumplir sus veredictos, es tanto más propenso a que éstos últimos sean desvirtuados por presión extrajudicial. Este es un hecho que debemos tener en cuenta; el derecho y el poder van inevitablemente de la mano”.

 Freud: “Comienza usted con el nexo entre derecho y poder. Es ciertamente el punto de partida correcto para nuestra indagación…Derecho y violencia son hoy opuestos para nosotros…Al comienzo, en una pequeña horda de seres humanos, era la fuerza muscular la que decidía a quién pertenecía algo o de quién debía hacerse la voluntad […]. Al introducirse las armas, ya la superioridad mental empieza a ocupar el lugar de la fuerza bruta […]. El derecho es el poder de una comunidad”.

 

Factores psicológicos

Einstein: “El escaso éxito que tuvieron, pese a su evidente honestidad, todos los esfuerzos realizados en la última década para alcanzar esa meta, no deja lugar a dudas de que hay en juego fuertes factores psicológicos, que paralizan tales esfuerzos”.

Freud: “Muchas veces cuando nos enteramos de los hechos crueles de la historia, tenemos la impresión de que los motivos ideales sólo sirvieron de pretexto a las apetencias destructivas; y otras veces, por ejemplo, ante las crueldades de la Santa Inquisición, nos parece como si los motivos ideales se hubieran esforzado hacia adelante, hasta la conciencia, aportándoles los destructivos un refuerzo inconsciente. Ambas cosas son posibles”.

 

Pulsión de vida y pulsión de muerte

Einstein: “¿Cómo es que estos procedimientos logran despertar en los hombres tan salvaje entusiasmo, hasta llevarlos a sacrificar su vida? Sólo hay una contestación posible: porque el hombre tiene dentro de sí un apetito de odio y destrucción.”

Freud: “Usted se asombra de que resulte tan fácil entusiasmar a los hombres con la guerra y, conjetura, algo debe moverlos, una pulsión a odiar y aniquilar […]. También en esto debo manifestarle mi total acuerdo […] las pulsiones del ser humano son sólo de dos clases: aquellas que quieren conservar y reunir […] y otras que quieren destruir y matar […]. Rarísima vez la acción es obra de una única moción pulsional, que ya en sí y por sí debe estar compuesta de eros y destrucción […] cuando los hombres son exhortados a la guerra, puede que en ellos responda afirmativamente a ese llamado toda una serie de motivos, nobles y vulgares, unos de los que se habla en voz alta y otros que se callan. No tenemos ocasión de desnudarlos todos. Por cierto que entre ellos se cuenta el placer de agredir y destruir”.

Einstein: ¿Es posible controlar la evolución mental del hombre como para ponerlo a salvo de las psicosis del odio y de la destructividad?

Freud: “No se trata de eliminar por completo la inclinación de los hombres a agredir; puede intentarse desviarla lo bastante para que no deba encontrar su expresión en la guerra […] si la aquiescencia [disposición] a la guerra es un desborde de la pulsión de destrucción, lo natural será apelar a su contraria, el Eros. Todo cuanto establezca ligazones de sentimiento entre los hombres no podrá menos que ejercer un efecto contrario a la guerra […]. Todo lo que establezca sustantivas relaciones de comunidad entre los hombres provocará esos sentimientos comunes, esas identificaciones. Sobre ellas descansa en buena parte el edificio de la sociedad humana”.

 

El camino hacia la paz

El 3 de diciembre de 1932, Einstein[4] le escribió a Freud: “Usted nos ha complacido tanto a mí como a la Sociedad de Naciones con una respuesta verdaderamente clásica. Cuando le escribí estaba convencido de la inutilidad de mi carta…”.

Resulta interesante conocer las opiniones de Albert Einstein y de Sigmund Freud sobre un hecho que permanece en el siglo XXI: la guerra. También es bueno recordar que tenían una preocupación auténtica por la humanidad.

Quizá, ante las frecuentes acciones bélicas, sea importante enfatizar la tesis fundamental del creador del psicoanálisis: “No podemos erradicar la agresión del ser humano, por lo que es necesario incrementar la pulsión de vida. En otras palabras, el desarrollo de la cultura (pulsión de vida) es el camino para la paz”.

 

[1] Cfr.  Sigmund Freud (1933), “¿Por qué la guerra?” en Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1976, Volumen 22, pp. 183-186.

[2] Sigmund Freud, op.cit., pp. 187-198.

 [3] Sigmund Freud, Su vida en imágenes y textos, Buenos Aires, Editorial Paidós, 1979, p. 242.

[4] Sigmund Freud, ibid.

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  1. Luis Fernando Ulloa Hosking

    febrero 18, 2021 en 6:56 pm

    Diálogo válido al momento actual.

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Educación

El inconsciente hace filosofía

El «ser», la pregunta esencial del sujeto humano.

Grupo de danza Ollintetl de cultura Mexica, Polanco Ciudad de México. Fotografía de Fernando García Álvarez

 

El inconsciente hace filosofía

La pregunta fundamental en la neurosis es la pregunta por el ser: ¿Qué soy?

M. en T. Psic. Carlos Chávez Macías

Hace ya muchos años cuando estudiaba filosofía entendí que la pregunta fundamental era sobre el ser. Por ello, mi conclusión fue que el filósofo que había profundizado mejor en la ontología o metafísica había sido Martin Heidegger (1889-1976).

     Recuerdo que el filósofo alemán afirmaba que el ser era el más universal de los conceptos y que los entes o cosas (algo que es) participan del ser. Su libro cumbre en donde explicaba esto: El ser y el tiempo.

     De las inquietudes filosóficas transité al psicoanálisis lacaniano. Y allí encuentro nuevamente la importancia de la pregunta por el ser.

Lacan y la filosofía[i]

De hecho, el psicoanalista francés Jacques Lacan fue amigo personal y traductor de las obras de Heidegger. Adicionalmente a las cuestiones sobre el ser, la influencia del filósofo se ve en la distinción que Lacan hace sobre palabra plena y palabra vacía, conceptos que son inspirados por la diferencia heideggeriana entre discurso y habladuría.

     Sin embargo, el psicoanalista hace su propia aportación y, además, “opone el psicoanálisis a las explicaciones totalizadoras de los sistemas filosóficos y vincula la filosofía al discurso del AMO, lo inverso del psicoanálisis”.

La falta de ser

Tan importante es para Lacan el concepto del ser en su visión psicoanalítica que define el deseo como la presión o empuje que tiende a colmar la falla abierta por la falta-de-ser, entendida como la condición de existencia del sujeto separado del complemento materno[ii].

     Concepto y drama infantil de pérdida de la madre que se ve expresado inconscientemente de modo inmejorable en la canción que dice: “Contigo tenía todo y lo perdí…”.

     También define la pulsión –que es distinta del instinto que se presenta en los animales– como la presión que invade al niño a causa de su falta-de-ser[iii].

     La obra de Lacan –que recurre a la lingüística para darle mayor rigor conceptual al psicoanálisis– está llena de referencias filosóficas entre las que destacan, además de las de Heidegger, las citas de Platón, Aristóteles, Descartes, Kant, Hegel, San Agustín, Spinoza, Sartre, etc.

Sigmund Freud y los filósofos[iv]

Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, daba crédito a los filósofos, como Nietzsche y Schopenhauer.

     Sostenía que las investigaciones psicoanalíticas confirmaban lo que habían sido, a veces, intuiciones de los filósofos; sin embargo, criticaba que desconocieran el inconsciente al equiparar el psiquismo únicamente con la consciencia.

     Freud llegó a considerar el arte, la religión y la filosofía como las tres grandes instituciones culturales. Aunque también “asemejó los sistemas filosóficos a los delirios paranoicos”.

Pregunta por el ser

Grupo de danza Ollintetl de cultura Mexica, Polanco Ciudad de México. Fotografía de Fernando García Álvarez

Así pues, la pregunta por el ser es una interrogante esencial, fundamental, tanto en la filosofía como en el psicoanálisis; sin embargo, se presenta diferente: en la primera se realiza como: ¿Qué es ser? y se trata de un acto consciente; y en el segundo como: ¿Qué soy?, y se hace de modo inconsciente.

     Me parece que con base en lo anterior podemos decir que el inconsciente hace filosofía. Pero ¿qué significa esta afirmación? ¿Cómo puede el inconsciente filosofar?

    Hemos señalado que existen tres tipos de estructuras clínicas: neuróticos (histéricos y obsesivos), perversos y psicóticos. Los considerados normales tienen estructura neurótica ya que su mecanismo fundamental es la represión y la mayoría de los seres humanos reprimimos lo ocurrido de los cero a los cinco años aproximadamente. Lacan afirma que “la estructura de una neurosis es esencialmente una pregunta”.

     Por otra parte, en la perversión el mecanismo es la re-negación (doble negación) y en la psicosis es la forclusión (exclusión radical del padre simbólico).

¿Qué soy?

Lacan enseña que la pregunta fundamental en la neurosis es la pregunta por el ser: ¿Qué soy?

     Se trata de la pregunta que el niño se hace con relación al deseo de sus padres: ¿Qué quieren de mí? ¿Por qué quisieron que naciera?

     El psicoanalista Bruce Fink[v] escribe que “estas preguntas se refieren al lugar que el niño ocupa en el deseo de los padres”.

     Muchas veces las respuestas que recibe no son muy claras o convincentes y entonces “la respuesta la da el fantasma fundamental”, es decir, las fantasías inconscientes. En ocasiones el nombre recibido lleva un mensaje o misión de lo que esperan los padres.

La pregunta en el sujeto histérico

Como estadísticamente hay más mujeres de estructura histérica y más varones obsesivos, Fink[vi] escribe: “El obsesivo y la histérica se enfrentan con la pregunta por el ser de diferentes maneras, pues la pregunta se modula en una forma en la histeria y de otra en la neurosis obsesiva. La pregunta fundamental de la histérica en relación con el ser es: `¿Soy hombre o soy mujer?´”.

     Como observamos, esta última pregunta –que también puede plantearse como: ¿Qué significa ser mujer? – tiene que ver, sobre todo, con la sexualidad.

     E intentar responderla será una búsqueda –sin descanso– a lo largo de la vida tanto para la mujer como el varón histéricos.

La pregunta en el obsesivo

“En tanto que la del obsesivo es, `¿Estoy vivo o estoy muerto?´. El obsesivo adquiere un convencimiento de su ser, de su existencia, sólo cuando piensa conscientemente. Si se deja llevar por la fantasía o el ensimismamiento, o si se deja de pensar por completo, por ejemplo, durante el orgasmo, pierde toda convicción acerca de su ser”[vii].

     Esa pregunta que constituye la neurosis obsesiva también puede formularse como: ¿Ser o no ser? o ¿por qué existo?

     En virtud de ello, el obsesivo, sea varón o mujer, se inclinará por actividades que tengan que ver con la vida y con la muerte e intentará dar respuesta al “sentido de la vida”. Podrá escoger actividades como medicina, psicología, filosofía, actividad literaria o laborar en una funeraria.

     Asimismo, “la respuesta del obsesivo es trabajar febrilmente para justificar su existencia (lo que también da testimonio de la especial carga de culpa que el obsesivo experimenta)”[viii].

“Pienso, luego existo”[ix]

Grupo de danza Ollintetl de cultura Mexica, Polanco Ciudad de México. Fotografía de Fernando García Álvarez

También podemos decir que el sujeto obsesivo vive según la máxima filosófica de Descartes: “Pienso, luego existo” (el famoso “Cogito, ergo sum”).

     Fink señala también que “el obsesivo puede sustituir el pensar por el contar –por ejemplo, puede contar sus conquistas, dinero, latidos del corazón, etc.”.

     Para el sujeto obsesivo ese “intento de cobrar existencia o de continuar en el ser implica un sujeto pensante, consciente, no un sujeto dividido que no se percata de sus propios pensamientos y deseos”.

     Así, ignora deliberadamente el inconsciente al pensar conscientemente. Actúa como si no existiera el inconsciente, a pesar de todas las pruebas existentes. “En el aula, el obsesivo es el estudiante que se niega a aceptar la idea del inconsciente en primer lugar, y afirma que los lapsus no significan nada, que él conoce todos sus pensamientos y que no necesita que nadie lo ayude a conocerlos”[x].

     Esto se ve corroborado en el diván del consultorio psicoanalítico, ya que cuando asiste tenderá a llevar su discurso perfectamente preparado con todas sus interpretaciones por lo que el psicoanalista prácticamente sale sobrando. Intentará no tener un lapsus para no delatarse. Se cree el amo de su propio destino y rechaza cualquier dependencia del Otro.

La respuesta del perverso

“Mientras que la neurosis se caracteriza por una pregunta, la característica de la perversión es la falta de pregunta”[xi]. El perverso tiene certezas más que preguntas; se presentará como lo que falta, como lo que completa.

     El perverso no se interroga; más bien pudiera decirse que se presenta como respuesta. Fink[xii] lo escribe así: “A la pregunta ¿Qué soy?, el perverso responde, Soy eso, ese algo que a ella le falta”.

No hay pregunta en el psicótico

El psicótico tampoco tiene pregunta. El inconsciente está presente en el psicótico, pero no funciona, según enseña Lacan.

     En la psicosis –denominada locura comúnmente– no hay dudas: “Él es Napoleón y los demás están equivocados si no lo creen así”. Hay certezas; los pensamientos, las motivaciones, los sueños simplemente son.

Coincidencia en la pregunta fundamental

Como hemos visto, ni en la perversión ni en la psicosis hay pregunta por el ser. Únicamente se presenta en la estructura neurótica y, sobre todo, en la estructura obsesiva; en la histeria se enfoca esa interrogante más en la sexualidad que en el ser.

     Sin embargo, me parece que es interesante observar la coincidencia entre el psicoanálisis y la filosofía –aún con sus modos distintos– en el campo de la pregunta por el ser, la pregunta esencial del sujeto humano.

[i] Cfr. Dylan Evans, Diccionario introductorio de psicoanálisis lacaniano, Buenos Aires, Paidós, 1997, p. 93.

[ii] Cfr. Jean-Baptiste Fages, Para comprender a Lacan, Buenos Aires, Amorrortu, 2001, p. 154.

[iii] Cfr. Jean-Baptiste Fages, op. cit., p. 155.

[iv] Cfr. Dylan Evans, ibid.

[v] Bruce Fink, Introducción clínica al psicoanálisis lacaniano, Barcelona, Gedisa, 2007, p. 233.

[vi] Bruce Fink, op. cit., p. 157.

[vii] Bruce Fink, ibid.

[viii] Dylan Evans, op. cit., p. 139.

[ix] Cfr. Bruce Fink, op. cit., p. 310.

[x] Bruce Fink, op. cit., p. 157.

[xi] Dylan Evans, op. cit., p. 151.

[xii] Bruce Fink, op. cit., p. 218.

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Educación

Ideas obsesivas y rituales compulsivos

«…algo que puede observarse en las obsesiones es que lo reprimido retorna con una virulencia proporcional a la fuerza de la represión.»

El barrio chino y sus personajes en CDMX. Fotografía de Fernando García Álvarez.

 

Ideas obsesivas y rituales compulsivos                      

M. en T. Psic. Carlos Chávez Macías

“Sigmund Freud consideraba las ideas obsesivas como expresión de deseos reprimidos”

Con frecuencia en la vida diaria se escuchan expresiones como: “tengo una idea que no se me quita de la cabeza”, “fulana está obsesionada por la limpieza” o “zutano está obsesionado por el sexo”.

Concepto

El diccionario[1] define obsesión como “idea fija que se apodera del espíritu independientemente de la voluntad, y a la cual se vuelve sin cesar”. Y si recurrimos a su etimología latina significa asedio.

Las obsesiones, también llamadas manías, son síntomas frecuentes que pueden ser considerados como normales y que son comunes a muchas personas.

En ocasiones los niños muestran ciertos síntomas obsesivos como no querer pisar una línea. Probablemente se trate de algo transitorio que es parte de un momento del desarrollo.

Las obsesiones pueden presentarse en cualquiera de las estructuras clínicas: neurótica (en sus formas obsesiva o histérica), psicótica o perversa.

 Sin embargo, la neurosis obsesiva se caracteriza por el predominio de estos síntomas. En el momento en que las obsesiones impiden llevar a cabo con normalidad las actividades cotidianas y provocan sufrimiento es, entonces, cuando debe acudirse con el especialista. Por ejemplo, lavarse las manos es higiénico y positivo; sin embargo, hacerlo con exageración (no aplica en pandemia) habla de una obsesión, quizá motivada por culpas inconscientes. La pregunta sería: ¿de qué se limpia tanto?

La pregunta inconsciente del obsesivo

Jacques Lacan, psicoanalista francés, sostiene que los dos tipos de neurosis, la histeria y la obsesiva, consisten en una pregunta.

En la persona histérica la pregunta inconsciente es ¿qué significa ser mujer?

La pregunta que constituye la neurosis obsesiva tiene que ver con la existencia propia y puede formularse como ¿estoy vivo o muerto? o ¿por qué existo?

La persona obsesiva intenta dar respuesta a esa pregunta inconsciente a lo largo de su vida; de este modo se inclinará por actividades que tengan que ver con la existencia y con la muerte; por carreras universitarias como medicina, filosofía o psicología en donde tratará de dar respuesta al sentido de la vida.

El barrio chino y sus personajes en CDMX. Fotografía de Fernando García Álvarez.

Asimismo el obsesivo intentará trabajar incansablemente para justificar su existencia y huir de la culpa que siente inconscientemente por haberse sentido muy cerca de su madre y haber hecho a un lado al padre. Hace unos años fue publicado el libro El hombre que confundió el trabajo con la vida que ilustra lo anterior con claridad.

Expresión de deseos reprimidos

Sigmund Freud consideraba las ideas obsesivas como expresión de deseos reprimidos y creía que la neurosis obsesiva era más fácil de detectar que la histeria porque los síntomas obsesivos son puramente mentales, a diferencia de los síntomas histéricos en que hay una conversión a lo corporal como, por ejemplo, en una parálisis o ceguera histéricas.

Para Lacan, la neurosis obsesiva es una estructura clínica y no un conjunto de síntomas. Así las ideas recurrentes u obsesiones, las compulsiones (que son ideas que nos hacen llevar a cabo acciones que a veces nos parecen absurdas), los rituales (como verificar una y otra vez que se han cerrado puertas, etc.), dudas, pensamientos hostiles, etc. forman la sintomatología, pero no determinan la estructura.

Rituales compulsivos

También el sujeto obsesivo es afecto a los rituales compulsivos porque piensa que le permitirán huir de lo que psicoanalíticamente se llama la falta en el Otro, que en la fantasía inconsciente (fantasma) suele representarse como un desastre inmenso[2]. Por ejemplo, Sigmund Freud en su tratado A propósito de un caso de neurosis obsesiva (1909) sobre el llamado Hombre de las ratas analiza los rituales que desarrolló su paciente con objeto de evitar el miedo a que se causara un castigo terrible a su padre o a su amada.

El obsesivo piensa “si hago esto, se evitará aquello”. De aquí se deriva la creencia popular de que si se sueña algo pero se cuenta lo ocurrido en el sueño no sucederá. Sin embargo, recordemos que el sueño es un cumplimiento de un deseo reprimido que se presenta disfrazado y, por tanto, se interpreta.

Obsesiones sacrílegas[3]

Las obsesiones destacan en muchas ocasiones por su carácter sacrílego.

Muchos obsesivos, ante las expresiones religiosas en actos de oración o de civismo en homenajes, sienten que se les desencadenan pensamientos injuriosos u obscenos. De hecho este fenómeno es oído frecuentemente en las sesiones psicoanalíticas y en las confesiones o pláticas por los sacerdotes o pastores.

El obsesivo percibe sus ocurrencias sacrílegas y obscenas como expresión de su voluntad; y entonces se establece una lucha interior de ideas contrarias que ocupan gran actividad mental.

Del mismo modo, por ejemplo, un automovilista obsesivo se preguntará si no habrá atropellado a alguien, por lo que regresará para cerciorarse de ello; sin embargo, no podrá convencerse porque pensará que pudieron haber recogido al atropellado antes.

Es decir, el obsesivo está obsesionado, valga la redundancia, no sólo por el miedo de no cometer algún acto grave, producto de sus ideas, sino también por haberlo cometido sin darse cuenta.

Retorno de lo reprimido[4]

Charles Melman[5] describe al sujeto obsesivo de esta manera: “un solterón que se ha quedado junto a su madre, un funcionario o un contador lleno de hábitos y pequeñas manías, escrupuloso y preocupado por una justicia igualitaria, que privilegia las satisfacciones intelectuales y vela con su civismo o su religiosidad una agresividad mortífera”. Sin embargo, hay que analizar caso por caso

Por ello debe decirse que algo que puede observarse en las obsesiones es que lo reprimido retorna con una virulencia proporcional a la fuerza de la represión.

La severidad del superyó (conciencia moral) corresponde a la intensidad de la agresividad reprimida en el niño hacia los padres.

[1] Ramón García Pelayo y Gross, Pequeño Larousse Ilustrado, México, Ed. Larousse, 1990,  p. 732.

[2] Dylan Evans, Diccionario introductorio de psicoanálisis lacaniano, Buenos Aires, Paidós, 1997, p. 138.

[3] Roland Chemama et al., Diccionario del psicoanálisis, Buenos Aires, Amorrortu, 1998, p. 287.

[4] Roland Chemama et al., op.cit., pp. 287-289.

[5] Cfr. Roland Chemama et al., op.cit., p. 287.

 

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Educación

Anorexia: enfermedad del deseo. El enfoque psicoanalítico

Se dice que el cuerpo expresa lo que la mente desea.

Ilustración de Fernando García Álvarez

Anorexia: enfermedad del deseo

El enfoque psicoanalítico

M. en T. Psic. Carlos Chávez Macías

“En la anorexia lo que debiera expresarse en palabras, aparece escrito en el cuerpo”

 

Hace algunos años nos enteramos de la muerte de dos modelos brasileñas por un trastorno alimenticio llamado clínicamente anorexia.

También, en ese entonces, se presentó en un noticiario una impactante entrevista a una chica que expresaba su angustia por su problema alimenticio y solicitaba apoyo de las diferentes instituciones oficiales dedicadas a la salud.

En ciertas publicaciones se sostiene que los trastornos alimentarios son provocados por la presión social de estar a la moda y por un ambiente de mucho estrés, señalándose que las personas más propensas a padecerlos son las que se sienten inadecuadas en la sociedad, que tienen una baja tolerancia a la frustración o un perfeccionismo muy elevado.

Esto ha provocado que algunos países tomen medidas para evitar que las modelos sean mujeres muy jóvenes y de poco peso.

Diferencia entre anorexia y bulimia

Debemos tener claro que en la anorexia la pérdida de peso es autoinducida; es decir, es provocada por evitar alimentos.

Cuando se consumen, se tienen conductas compensatorias como exceso de actividad física, uso de laxantes y diuréticos, etc.

Por el contrario, las personas bulímicas comen grandes cantidades en periodos cortos, teniendo falta de control sobre la alimentación durante ese momento, y compensando con vómitos autoprovocados, laxantes o diuréticos. En la bulimia, se come abundantemente sin apetito y, generalmente, a solas.

La teoría psicoanalítica sobre la anorexia

Para el psicoanálisis lacaniano se trata de un síntoma que puede presentarse en hombres y mujeres, y en cualquiera de las estructuras clínicas (maneras de ser) que reconoce: neuróticos (histéricos u obsesivos), perversos o psicóticos. Sin embargo, debe mencionarse que se presenta con mayor frecuencia en mujeres de estructura histérica.

Puede entenderse mejor la anorexia a partir del concepto del deseo insatisfecho que Jacques Lacan desarrolló.

Generalmente una persona de estructura histérica buscará inevitablemente tener su deseo insatisfecho; por ello, si se busca colmarla, únicamente se provocará su rechazo. He aquí la razón por la que el novio o novia, de estructura histérica, generalmente prefieren una pareja que no los trata bien y rechazan a quien tiene detalles y los llena de atenciones.

Aunque parezca algo obvio que la anorexia es un síntoma, debemos enfatizar que esto implica para el psicoanálisis que hay un sujeto involucrado. En cambio en una enfermedad orgánica, por ejemplo en el caso de un virus, no hay implicación psíquica de la persona.

El síntoma psíquico (por ejemplo, una parálisis histérica, una anorexia o una bulimia) cumple una función de encubrimiento para evitar muchas veces un sufrimiento mayor[1].

En la anorexia se habla con el cuerpo

Normalmente un médico sana un síntoma orgánico mediante la correcta indicación de medicamentos. El problema empieza cuando atrás de un síntoma, como la anorexia, no hay factores externos, sino “algo que proviene del interior. Algo que le ocurre posiblemente a ese sujeto desde hace mucho tiempo, su infancia o su adolescencia, que quedó reprimido y desconocido para él”[2].

Generalmente la persona anoréxica tiene la convicción de que su padecimiento tiene un motivo actual y cree ser consciente de él. Sin embargo, esto no es así. Las causas son de origen inconsciente y tienen ancladas sus raíces en la infancia.

En la anorexia lo que debiera expresarse en palabras, aparece escrito en el cuerpo. Es decir, la persona anoréxica habla con su carne aquello que no puede decir porque le es inconsciente o le es muy penoso.

Se dice que el cuerpo expresa lo que la mente desea.

Cuando como “soy comida”

Muchas veces se le insiste a la persona anoréxica que coma; no obstante, es lo que no quiere hacer.

Para ella, a nivel inconsciente, “cuando como soy comida” equivale a cuando como soy devorada[3].

Entonces no come para no ser comida, para no ser devorada por el “Otro” (así llama el psicoanálisis lacaniano a la madre, padre o autoridad moral).

Al negarse a comer, busca mantenerse como una persona deseante, intenta así fabricar su ser. En otras palabras, intenta así ser ella misma.

Ilustración de Fernando García Álvarez.

Enfermedad del deseo

Lacan concluyó que la anorexia es un síntoma del deseo.

Juan David Nasio al referirse a la paciente anoréxica dice: “Quiere que la insatisfacción reine por todas partes, que sólo haya insatisfacción, tanto de la necesidad fisiológica como del deseo. La anorexia consiste en decir: <<No, no quiero comer para satisfacerme y no quiero satisfacerme para estar segura de que mi deseo permanece intacto […]. La anorexia es ese grito contra toda satisfacción y es un mantenimiento obstinado de la insatisfacción”[4].

Un bebé al ser amamantado puede quedar satisfecho en su hambre fisiológica, pero quedar insatisfecho en su hambre de cariño. La persona anoréxica no come porque cada vez que hacía una demanda de amor era atiborrada de comida, por lo que su deseo quedó reducido a la mera necesidad. Una boca atiborrada no puede emitir palabra alguna[5].

Por ello, si tenemos clara la diferencia entre la necesidad fisiológica y el deseo, podemos entender que el anoréxico “cuanto más sacie su hambre, menos podrá mantener despierto su deseo”[6]. Por ello ha llegado a llamarse a la anorexia enfermedad del deseo[7].

La anorexia es un deseo de nada. La persona anoréxica intenta poner distancia, crear una separación, para impedir que se le llene en contra de su voluntad. Lo que quiere es nada, nada en la boca. “Sólo quiere nada. Lleva al extremo la negación de la histérica a que se le colme, a que se  le satisfaga”[8].

En otras palabras, la anorexia es la única manera que se encontró para surgir como sujeto deseante fuera del deseo de los demás. Si deja de estar enferma sentirá que no es nadie. Así, por lo menos es anoréxica.

Tratamiento de la anorexia

Una persona anoréxica deberá ser tratada de manera multidisciplinaria por psicoanalistas o psiquiatras, médicos y nutriólogos.

Sin embargo, es conveniente mencionar que, de acuerdo con las enseñanzas de Françoise Dolto, el paciente puede mejorar significativamente si trabaja el modelado con plastilina o dibuja, ya que a través de las figuras creadas pueden descifrarse algunos aspectos inconscientes[9]. La razón es que esa creación es una manera de decir.

La importancia de hablar

La persona anoréxica es esclava de su no-decir, de lo que le es imposible decir; por ello, para el psicoanálisis lo importante es la capacidad de hablar. Así lo expresa Graziella Baravalle[10] sobre un caso: “Desde mi lugar de analista nunca le he sugerido que coma ni que engorde, sino que hable”.  

 

El método psicoanalítico

La cura analítica deberá permitir que la persona anoréxica transforme en palabras lo que actualmente expresa con el cuerpo.

Por ello, Nasio[11] escribe: “Es evidente que no hay peor actitud hacia un anoréxico que querer alimentarlo. Esto sólo reforzaría su protesta y su insistencia en conservar el deseo a cualquier precio, es decir, defender cueste lo que cueste el hecho de no estar satisfecho y querer preservar así su ser”.

El reto del psicoanálisis en pacientes anoréxicos es trabajar fundamentalmente en la escucha, para facilitar así el paso de una boca obligada a comer a una boca urgida a poner en palabras su sufrimiento[12]. La cura se dará por añadidura.

Criterios para el diagnóstico de la anorexia (según el dsm iii, 1980):

  1. Miedo intenso a engordar, que no disminuye a medida que se pierde peso.
  2. Alteración de la imagen corporal.
  3. Pérdida de al menos un 25% del peso original.
  4. Negativa a mantener el peso corporal por encima del mínimo corporal, según edad y talla.
  5. Ausencia de enfermedades somáticas que justifiquen la pérdida de peso.

 

[1] Cfr. G.Baravalle et al., Anorexia, Barcelona, Paidós, 1996, p. 16.

[2] G. Baravalle et al., op. cit., p. 18.

[3] Marcelo Hekier y Celina Miller, Anorexia-Bulimia: Deseo de Nada,  Buenos Aires, Paidós, 2005, p. 74.

[4] Cfr. G. Baravalle et al., op. cit., p. 11.

[5]  Cfr. G. Baravalle et al., op. cit., p. 20.

[6] Cfr. G.Baravalle et al., op. cit., p. 11.

[7] Cfr. G. Baravalle et al., op. cit., p. 39.

[8] G. Baravalle et al., op. cit., p. 49.

[9] Cfr. Marcelo Hekier y Celina Miller, op. cit., p. 32.

[10] G. Baravalle et al., op. cit., p. 49.

[11] Cfr. G. Baravvalle et al., op. cit., p. 11.

[12] Cfr. Marcelo Hekier y Celina Miller, op. cit., p. 13.

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