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Cultura

Se visten Niños Dios

El tamal es un alimento de origen prehispánico ofrendado a los dioses…

Día de la Candelaria en la parroquia de San Juan Bautista Coyoacán, Ciudad de México.

Se visten Niños Dios

Jaquelina Rodríguez Ibarra

Durante los días que preceden y suceden al 12 de diciembre,

el tiempo suspende su carrera, hace un alto…

Octavio Paz

Hace algunos años visité en Veracruz a una familia muy respetuosa de las tradiciones. Era día de muertos y nuestras anfitrionas cocinarían tamales estilo Misantla. No podía faltar el toque mágico de la cocina mexicana, y mientras ellas amasaban, aderezaban la salsa del guisado y prendían el fogón, a cada uno de los presentes nos daban a probar los ingredientes que conformarían los tamales, así no habría antojo sin satisfacer y en consecuencia los tamales se cocerían perfectamente. Lo que ellas no supieron nunca es que yo moría por hacer un tamal, tomar la hoja que esta vez no era de maíz sino “papata” (una planta endémica de esas tierras) y formar un hueco en la palma de mi mano, untar la tersa superficie verde de la hoja con la masa un poco líquida (prepararían tamales de dedo) a diferencia de otras que había visto en mi niñez y finalmente poner la salsa con la carne, después doblarla debidamente y depositar el tamal en la olla donde sería cocido. Salimos a pasear por algunas horas, para dar tiempo a que esos exquisitos tamales estuvieran listos para ser degustados a nuestro regreso. ¡Oh sorpresa!, un silencio poco común embargaba la casa, entramos y nos dirigimos directamente al patio donde la lumbre inútilmente trataba de cocer aquellos tamales. Los rostros de las mujeres expresaban alguna incertidumbre, ¿qué había pasado? Los tamales no se cocían y todos habíamos saciado nuestro posible antojo.

Elaboración de «tamales de dedo» por la familia Vázquez y de los Santos en Misantla, Veracruz México.

En torno a la comida, y especialmente para ciertos platillos, hay infinidad de mitos y creencias y una de ellas es justamente que el antojo o deseo no satisfecho es lo que puede estropear el resultado. Hoy 2 de febrero muchos de nosotros no tendremos este riesgo pues la oferta de tamales en la Ciudad de México y el resto del país donde celebramos el compromiso asumido el 6 de enero con una gran “tamaliza” es benévola. El tamal es un alimento de origen prehispánico ofrendado a los dioses y no es fortuito que lo comamos en este día cuando se conmemora la presentación de Jesús en el templo y se celebra la Purificación de la Virgen María (término de la cuarentena después de haber dado a luz). En este día familias acuden a las iglesias llevando a su Niño Dios vestido primorosamente por sus padrinos para que sea bendecido, para más tarde agasajar a los invitados con la delicia de un manjar, el sincretismo de dos culturas opuestas es evidente en estas tradiciones religiosas.

Para haber llegado a este punto, el 6 de enero debimos haber partido la rosca de reyes y si la fortuna estuvo de nuestra parte recibimos en nuestra rebanada el pequeño muñeco de plástico depositado en la suculenta textura de la masa y que simboliza al Niño Dios.

Al cerrar el año 2020 sucedió un fenómeno poco común en el universo, lo que llaman la conjunción planetaria, alineación momentánea de planetas, justo en el solsticio de invierno, días antes de Navidad. En esta ocasión fueron Júpiter y Saturno, que por un instante brillaron juntos como un solo cuerpo celeste. Quienes lograron ver este fenómeno ¡enhorabuena!, porque tal vez estarían viendo lo que los Reyes Magos tuvieron como punto de guía para llegar con el Mesías, es decir la estrella de Belén. Esta es una de las tantas teorías que podemos conocer sobre la visita de los reyes, sabios o magos que llevaron regalos al niño recién nacido, Jesús. El 6 de enero solemos celebrar la Epifanía (manifestación, aparición o revelación), es decir el bautismo de Jesús en el río Jordán, su primera manifestación en la Tierra, y también la adoración que los Reyes Magos le brindaron: “El Nuevo Testamento menciona que cuando Jesucristo nació en Belén recibió la visita de unos magos que venían de lejanas tierras orientales…” (Iglesias y Cabrera, Sonia; 2001). En México heredamos las creencias religiosas venidas de Europa, tradiciones que se casaron con las que ya se vivían en tierras mesoamericanas. Partir una rosca en convivencia familiar, amigos o compañeros ha sido una tradición mexicana desde la época colonial. Se cuenta que antes, en tierras navarras, ponían dentro de un pastel un haba, y a quien le tocara ésta en su rebanada era proclamado rey y sería homenajeado con regalos durante un año. El haba simbolizaba la realeza del Niño Dios por lo que encontrarla se convertía en símbolo de fortuna, aunque para otros hoy el compromiso que implica es adverso a la suerte. Con el pasar del tiempo el haba fue sustituida por un muñeco de porcelana que luego sería de plástico, e igualmente la fortuna llega a quien lo encuentra en su rebanada de rosca. Así mismo este día los niños reciben regalos, especialmente juguetes, emulando tal vez los regalos que aquellos sabios llevaron al niño Jesús.

La noche de reyes, los regalos y la rosca no se hubieran dado sin la Navidad, el 25 de diciembre, y la Nochebuena del 24. Un árbol alumbrado en su totalidad y adornado en exceso que tal vez tuvo su origen en una leyenda europea: “Era Nochebuena y el solsticio de invierno anunciaba con un intenso frío un holocausto: el hijo de Gundhar iba a ser ofrecido en sacrificio a Donar, dios de la agricultura, bajo el gran roble sagrado. De pronto, impidiendo que el sacerdote pagano asestara el golpe mortal sobre el primogénito, Bonifacio, de un solo tajo, derribó el árbol ayudado por el hacha y el fuerte viento que soplaba. Se hizo un silencio abrumador. Todos los asistentes enmudecieron y Bonifacio, solemne y majestuoso, señaló un pequeño abeto verde, símbolo de la vida perpetua, y lo nombró Árbol del Niño Dios.” (Iglesias y Cabrera, Sonia; 2001). Así también las casas a partir de la primera posada, actualmente desde antes, exhiben ya sea bajo el árbol de Navidad o en su porche un nacimiento, es decir figuras que representan a los personajes de la Sagrada Familia en el momento de la Natividad y cuyo origen sea probablemente en 1223 cuando San Francisco de Asís solicitara “… autorización al papa Honorio III para escenificar un nacimiento con ‘figuras’ vivas, es decir, con personas y animales que representaban el misterio del advenimiento de Jesús…” (Iglesias y Cabrera, Sonia; 2001).  Hoy los nacimientos mexicanos son un arte popular, creados por artesanos de diversas regiones de nuestro país, manos diestras en el barro dan forma a los “…personajes imprescindibles: la Virgen María, San José, el Niño Dios, el buey, la mula, el borrego, el ángel, la estrella-cometa, los Reyes Magos y los pastores.” (Iglesias y Cabrera, Sonia; 2001)

Nacimiento Mexicano tallado en madera y policromado.

Las nueve posadas que preceden la Nochebuena evocan la solicitud de albergue que José y María hicieron en Belén. Se cree que su origen es mexicano, aunque habría un anteceden en las Misas de Aguinaldo “…así denominadas porque se ofrecían como un obsequio de Navidad y se acompañaban de villancicos alusivos al Nacimiento del Niño Dios…comprendían un periodo de nueve días, el mismo lapso que antecedía a los preparativos a que debían someterse…” (Iglesias y Cabrera, Sonia; 2001) los que serían sacrificados en honor del dios Huitzilopochtli.

Realmente este peregrinar gastronómico – festivo no tendría sentido sin el 12 de diciembre fecha detonante de nuestra mexicanidad, la aparición de la Virgen María en tierras recién conquistadas por la corona española, evento sucedido algunos años después de la caída de México Tenochtitlán. El cerro del Tepeyac, antiguo santuario de Tonantzin (nuestra madre), es donde tiene lugar dicha aparición. Actualmente miles de personas, desde diferentes lugares del país (México) emprenden un recorrido para llegar al santuario de la Virgen de Guadalupe en la basílica que está justo en el cerro del Tepeyac. Y así inicia lo que en México llamamos el “Puente Guadalupe – Reyes” que va del 12 de diciembre al 6 de enero, pero cuyo cierre oficial es justamente hoy, 2 de febrero día de la Candelaria, vistiendo al Niño Dios que cada familia tendrá en su casa, llevándolo a la iglesia a bendecir y comiendo en compañía los tradicionales tamales ofrenda de los dioses mexicas.

Peregrino llegando a la Basílica de Guadalupe en la Ciudad de México.

En sus diarios Colón escribe a los reyes: “Yo (dice él), porque nos tuviesen mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra Santa Fe con amor que no por fuerza…” Así fue, hemos cedido ante una cultura, ante sus ideas e ideales, ante su cosmovisión del mundo, ante su ser. Así mismo, sin embargo, el mexicano guarda en su interior un origen que niega y del que se avergüenza, pero que en estas ceremonias permite exteriorizar.

Iglesias y Cabrera, Sonia E. 2001. Navidades Mexicanas. México: Conaculta

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2 de comentarios

2 Comments

  1. Pedro

    marzo 3, 2021 en 12:16 am

    Muy, muy bueno…creo que da para un libro. Se te perdió un dato. Por qué no se cocian los tamales… hasta apuré la lectura para ver que había pasado. Me gusto gracias por compartir sus publicaciones. siempre llenas se tradiciones y costumbres.

  2. Luis Fernando Ulloa Hosking

    febrero 5, 2021 en 3:48 pm

    Muy bonita e ilustrativa lectura, deja en claro una cronología de festividades de fin e inicio de año.

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Arte

Pet Sematary: El Dilema de la Muerte

«…moraleja en torno a la idea de la muerte y el duelo.»

Imagen de portada del libro Cementerio de animales.

Pet Sematary: El Dilema de la Muerte

Katerine Fontecilla Rosas

Reseña literaria

Stephen King nos sorprende con la que es una de sus obras más conocidas, Pet Sematary o como se le conoce en su traducción para el habla hispana Cementerio de Animales, publicada en 1983. En ella relata la historia de la familia Creed desde que decide mudarse a su nuevo hogar en las afueras de Ludlow, un pequeño pueblo de Maine, todos son felices hasta que Louis Creed encuentra al querido gato de su hija atropellado en la carretera y se ve metido en un dilema, dejar que su hija sufra por la muerte de su mascota, o escuchar las voces que lo llaman desde más allá de la valla de troncos, pasando las profundidades del bosque hasta el antiguo cementerio indio. Su mascota Church regresó a la vida, la cuestión es ¿bajo qué circunstancias había vuelto?

El objetivo de la trama es la de brindarnos una moraleja bastante macabra en torno a la idea de la muerte y el duelo. El momento en el que se vive la pérdida de un ser querido puede llegar a ser como una vorágine de emociones que nos inunda de tristeza, incertidumbre y desesperación, lo que puede llevarnos a rozar los límites de la locura y hacer hasta lo imposible porque todo regrese a lo que antes era, aun si eso significa ingresar en los terrenos más sombríos del mundo.

Quienes ya han disfrutado las letras de King, sabrán que puede ser algo complicado seguir sus páginas si no tienes algo de paciencia. El estilo de este autor es de un ritmo lento, preciso en los detalles y las descripciones que ofrece nos sumergen en sus escenarios, de tal manera, que casi se puede escuchar el rechinido de las puertas, oler el aroma de la madera y la tierra húmeda, así como sentir la frialdad del filo de un cuchillo atravesando la piel.

La intriga que me dejó la historia después de ver su última adaptación cinematográfica del 2019 fue la que me llevó a adquirir el libro, su ambientación, el desarrollo de los personajes y las tradiciones que se pueden observar, así como los seres mitológicos que forman parte de la trama son los que crean esta atmósfera tan tenebrosa, misteriosa y a la vez fascinante. A pesar de que el final del filme no fuera lo que esperaba, algo que por cierto el libro compensa bastante bien, no iba a quedar satisfecha hasta haber resuelto mis dudas, algo de lo que definitivamente no me arrepiento.

Pet Sematary se convirtió en uno de mis libros favoritos de este autor, el gran uso del suspenso funciona como un gancho que no te deja despegarte de las hojas, aun cuando parece que todo va bien, King aprovecha para mandarte un disparo de intriga que te recuerda que la felicidad nunca dura demasiado y que te mantendrá con los dedos clavados en la cubierta con los nervios al máximo, al punto en el que cualquier sonido que escuches te hará voltear para ver qué es lo que hay a tus espaldas.

Otro elemento que hará que quieras seguir con la mirada en sus letras, está en todos los misterios que se ocultan en los pequeños detalles dentro del desarrollo de los acontecimientos, tu cabeza estará constantemente llena de ¿por qué?, ¿cuándo?, ¿qué sucedió?, ¿cómo llegó ahí?, surgirán cada vez más preguntas que si llegas al final, puede que descubras las respuestas, aunque también puede que no encuentres certezas.

A pesar de que antes de leer esta obra no frecuentaba mucho el género del terror, después de disfrutar Cementerio de animales, es seguro que me haré de otros escritos de Stephen King para disfrutar de la sensación de ser absorbida por el mundo que va creando en el papel, un mundo que te llama a indagar más allá de lo obvio, donde no hay un miedo momentáneo, algo que sea de un segundo, sino, un tipo de miedo que va creciendo con cada hoja que pasas y que puedes sentir como recorre toda tu espina vertebral por momentos, ese es el estilo del rey del terror.

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Cultura

Las barbas de satán

¿Cómo, usted ha visto al diablo?

De la serie Guatemala y otros viajes. Fotografía de Fernando García Álvarez

Las barbas de satán

Fernando García Álvarez

 Tú no eres nunca la humanidad; tú solo eres tu propio yo desesperadamente aislado.

Paul Bowles

Para nuestra querida y respetada Periodista Tere Gil.

Debió de ser en la ciudad fronteriza de Tecún Umán en Guatemala no lo recuerdo bien, el caso es que lloviznaba y una brisa muy fresca me erizaba la piel, quizá no había comido ya sea por falta de apetito o dinero, pero en este momento de repente una sensación de ausencia en el estómago me invadió con cierta nostalgia, como la bruma que cubría el entorno de ese caserío de chozas de tablas en la pequeña ciudad anónima, cuando eres joven y te gusta viajar el poco dinero que te acompaña te permite comer solo una vez al día.

Algunas veces los dioses son buenos y te permiten algún bocadillo de los árboles frutales que a la vera del camino crecen como una bendición para caminantes y peregrinos o suele ocurrir que algún compañero de viaje comparta sus viandas alegrándote así la jornada, incluso he tenido la suerte de que choferes de camión, agentes viajeros y vendedores me inviten a comer y beber opíparamente después de levantarme en alguna carretera.

Mis botas estaban húmedas pero mis pies secos, lo sé porque ahora que muevo los dedos dentro de las pantuflas cierto confort radiante me llena. La mochila de gruesa piel, aunque llena pesaba apenas, era un bolso pequeño con pocas cosas dentro, el caminante ha de ir ligero, los mochilones de ciertos viajeros europeos solo delatan el apego y vacuidad del turista que nunca llegará a ser un auténtico viajero como ocurre con los protagonistas de la novela El cielo protector escrita en 1949 por el escritor, músico y fotógrafo estadounidense Paul Bowles:

Entre el turista y el viajero la primera diferencia reside en parte en el tiempo. Mientras el turista, por lo general, regresa a casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que el siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra (yo añadiría y de su alma) El turista acepta su propia civilización sin cuestionarla y el viajero la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan.

Paul Bowles

Ahora que me esfuerzo por traer el pasado a mi mente removiendo y hurgando con delicadeza en pequeños detalles extraviados como fragmentos de un jarrón roto en una excavación de antropólogos, pienso que también pudo ser en Puerto Barrios donde deambulé por un par de días esperando un barco que me llevaría a Livingstone, sitio donde estuve a punto de ser linchado por unos furibundos hombres originarios de color, sí aprendí que algunos lugares pueden tornarse peligrosos sobre todo cuando uno tiene una nacionalidad desprestigiada como en Livingstone, donde descubrí cierto odio atávico hacia los mexicanos.

Paisaje nocturno de la sierra michoacana. Fotografía de Fernando García Álvarez.

Pero mis emociones se aclaran un poco y dicen que no, analizando bien la situación debió ser en las proximidades de la frontera con México porque el lugar rebosaba de cantinas, burdeles y todo tipo de antros de mala muerte, cierro los ojos y me veo platicando con un vendedor de chocobanano que se movía en una chirriante bicicleta cubierta de óxido ya casi al anochecer, se acercó para platicar a la mesa en la que bebía una cerveza tibia pues no tenían hielo ni nevera.

Él estaba de paso como casi todos, iba al norte, quería llegar a EUA y le pareció absurdo que yo viajara al sur, era un salvadoreño desertor del ejército. Luego caminé acompañándolo en su venta por la pequeña ciudad casi pueblo y después de haber tomado una foto de la Barbería Maya (solo una era una cámara que usaba película fotográfica con apenas 36 exposiciones) le compré un par de piezas de chocobanano y me dirigí al hotel a cenar el plátano cubierto de chocolate y congelado a manera de paleta con una naranja y unas pupusas que conseguí por ahí por unos cuantos quetzales.

Pasada la medianoche desperté por el aullido de algo muy lejanamente parecido a un perro y por el ruido y la agitación en la habitación contigua, algo se estrellaba contra la pared, me di cuenta de que golpeaban a alguien y el cuerpo rebotaba dramáticamente contra la pared de tablas, alcé la voz pidiendo silencio y solo recibí amenazas a varias voces, luego escuché aullidos, gemidos y llantos. Salí a toda prisa buscando al recepcionista y le reclamé la situación.

El tipo estaba muerto de miedo y me dijo que nada podía hacer, que eran traficantes de personas y podían matarlo, que lo mejor para mí era encerrarme en la habitación en silencio o largarme. Cuando le mencioné la policía me vio con desprecio advirtiendo -son ellos mismos los traficantes. No sea pendejo.

De regreso en el cuarto, me atrincheré lo mejor que pude, empujé un desvencijado ropero contra la puerta seguido por la frágil cama, eran muebles baratos que estaban a punto de derrumbarse por sí solos.

Empuñando la navaja me tumbé sentado y como pude sobre la húmeda mochila y las raídas cobijas en un rincón opuesto a la rústica puerta mientras la golpiza continuaba el resto de la noche, y yo miraba sobre el piso y las paredes hordas de enormes cucarachas devorar vivos a otros insectos rastreros. Ya clareando el alba cesó el ruido y la violencia y me arrojé a la cama a dormir agotado y con las botas puestas hasta el medio día que vencía la renta del cuarto.

Gráfica urbana en los muros del centro de la Ciudad de México. Fotografía de Fernando García Álvarez.

Al salir del hotel el tipo de la recepción que leía una biblia de canto dorado me dijo -debería cortarse esa barba tan fea que tiene, es como la que luego traen los guerrilleros o peor, es como la que usa el diablo.

-¿Cómo, usted ha visto al diablo? – contesté socarrón mientras entregaba el candado de la habitación.

-El pastor lo ha visto y nos cuenta cómo es y dónde se mete, dice que el comunismo es cosa de satanás, así que ponga atención a su apariencia, no lo vayan a confundir – amenazó.

Busqué algo que comer y luego traté de encontrar la barbería que había fotografiado, pero fue inútil, jamás volví a verla, o desapareció en medio de un aquelarre chapín o estoy predestinado a pactar con los ejércitos púrpura de belcebú y lucir como un ente maléfico, acaso pobre diablo. Seguro era una barbería hechizada donde Lucifer y sus acólitos infernales acudían a ponerse guapos y yo que carezco de la debida membrecía no debía volver a encontrarla.

Recordando hoy estos detalles en medio de la profunda noche de las montañas michoacanas decido levantarme de la ancha banca de madera haciendo a un lado la mesa con la computadora portátil y atisbo por la ventana pues los perros ladran enloquecidos, ¿aúllan? los vidrios escurren gotas de vapor condensado, la frescura y la soledad de la media noche al igual que en Guatemala me eriza la piel y me lleva a pensar en la violencia que late germinando ahora en estos poblados.

Esta es también una tierra de migrantes que siempre van al norte, nunca al sur y desde mi lejana niñez existen esas mismas chozas de madera y tabique rojo marcadas con un logotipo político circular en tres colores como sinónimo de pobreza y opresión, atávica, soterrada, visible solo para los que le buscan las barbas al diablo porque aquí también hasta hace poco se podía leer en algunos muros de adobe “Cristianismo sí, comunismo no” y era igualmente peligroso adentrarse en caseríos y rancherías luciendo atuendos extranjeros o barbas largas que recordaran protagonistas políticos de otras latitudes geográficas e ideológicas. Aquí la ignorancia ha marcado como enemigo histórico a lo nuevo, al cambio cualquiera que sea su apariencia.

Mi abuelo, hombre enérgico y aguerrido nacido en esta comarca nos tenía prohibido salir a pasear en el caballo aun a sitios cercanos donde vivían algunos parientes, “La perra cuando es brava hasta los de casa muerde” decía en su sabiduría popular. Así de cerrada era o es esta sociedad donde el caciquismo de las mismas familias de siempre medra sin mancha, los mismos apellidos sucediéndose en el poder político y económico, las mismas dinámicas de reparto del presupuesto, la riqueza y negocios entre unos cuantos.

En la claridad del cielo nocturno aparece una estrella negra, un punto de sombra. Punto de sombra y puerta de reposo. Ve más lejos, traspasa la fina trama del cielo protector, descansa.

Paul Bowles

Dicen que hombres armados se pasean por este lugar, dicen que han dejado un par de seres descuartizados en costales sanguinolentos junto a la presidencia municipal, dicen que algunas veces los malos, la maña anuncia toque de queda, dicen que los tiempos del apocalipsis alcanzaron estos pueblos sin ley tan huérfanos desde siempre, dicen…

Aunque hemos pasado unos maravillosos días de reposo tratando de escribir, ejercitando la memoria para reblandecer los muros del olvido y avanzar hacia la razón, comiendo vegetales y alimentos muy sanos producidos en las rancherías y localidades vecinas que en la Ciudad de México son imposibles de conseguir, a pesar de la protección espiritual de los antepasados, los espíritus del bosque y la buena voluntad de vecinos y amigos para sanar la mente, el cuerpo y el alma se necesita cierto carácter y temple de acero para vivir en este bello y salvaje páramo de la montaña. El mismo que se requiere para ser mexicano a cabalidad en medio de una revolución.

El pasado y el presente son hermanos gemelos los lugares tan distantes son uno mismo en diferente dimensión y tiempo, Guatemala, México, la sierra, el mar caribe son interpretaciones y mundos perdidos entre ejércitos de letras, ideas y emociones que estamos condenados a evocar aun a sabiendas de que lo que se va jamás regresa, añoramos apenas rastros efímeros, espuma de resaca marina.

Este escribidor que ya peina canas se ha servido un dulce y vaporoso ponche de frutas para seguir dialogando con las hadas de la floresta y la memoria, afuera la jauría sigue gruñendo en feroz pelea cual cancerberos invencibles, aunque el sentido común aconseja no salir al descampado (menos en pantuflas) mi inquieta, atormentada alma opina lo contrario, quisiera ver de cerca a las fieras nocturnas de ser posible inmortalizarlas en una foto, ¿tú qué harías?

El alma es la parte más cansada del cuerpo.

Paul Bowles

 

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Desde mi ardiente esquina

Candelaria, aunque grande, su cavidad es relativamente estrecha…

La Comuna en el centro de la Ciudad de México es una talentosa hermandad en la que el arte gastronómico destaca. Fotografía de Brenda Osnez.

Desde mi ardiente esquina

La partera del placer

Cuando formas parte de una comuna es difícil precisar las actividades que cada integrante va a realizar desde un principio, no hay jefes, no hay líderes, todos para todos, nadie para uno (¿cómo era?). En estos casos cada uno establece en función a su disposición y (en segundo término) a sus capacidades, la tarea a la que se puede comprometer. En mi caso, en la cadena de eslabones que conforman la creación de una pizza (el actual proyecto de la comuna), encontré mi lugar rápidamente: nadie puede soportar (sin correrse) (de sudor, digo) los niveles de (calentura) pirexia a los que llego y en los que permanezco toda la tarde. La posición de trabajo a la que a mí me gusta llamarle de «carbonera» es sin duda alguna el mejor trabajo que puede elegir una (candente) mujer reflexiva (como yo).

Cuando la gente piensa en el personal de una pizzería lo primero que viene a la mente es un saltimbanqui malabareando ágilmente un flexible disco de masa blanca y suave para después cubrirla con salsa de tomate, queso y (todas esas cositas ricas que nos inflaman el…)(colon) los ingredientes de nuestro agrado; quizá, también en los amables meseros y meseras tomando órdenes y sirviendo cerveza y vino (como verdaderas vacas sagradas), pero ¿acaso nadie se ha preguntado quién incuba con la calidez de un útero sólido y arcilloso la crujiente pieza que a la boca se llevan con semejante (lascivia) gusto? Y si es que han tenido ocasión de observar tan noble trabajo (que en este momento rebautizo como «parteros del deleite»), ¿no se ha despertado el fuego de la curiosidad sobre el discurrir del pensamiento de quien sólo refleja llamas en los ojos? No os preocupéis señoras y señores que el día de hoy les redactaré un día en la vida de la carbonera de la comuna (o la partera del deleite, como prefieran).

La Comuna en el centro de la Ciudad de México es una talentosa hermandad en la que el arte gastronómico destaca. Fotografía de Brenda Osnez.

Hacerse cargo de Candelaria (el horno es en realidad una ella) va más allá de meter y sacar (con mi enorme pala) apetecibles masas con queso de ella. Antes de entrar uno tiene que tocar las puertas, es protocolo (y decencia, sobre todo); una rápida inspección en sus paredes internas me ayudará a determinar si está en condiciones (y disposición, claro) de recibir los flagrantes y resplandecientes trozos (de madera). Normalmente me veo en la necesidad de introducirle una escobilla para limpiar los restos de pringue de la noche anterior (la muy insaciable), pero eso sólo toma un par de minutos. Una vez limpia, es hora de encender(le) la cosa. Candelaria, aunque grande, su cavidad es relativamente estrecha por lo que es importante tener palos chicos (insaciable pero no rigurosa) o de otra forma la pala no entra. Sé que los puristas se van a enardecer, pero me gusta ungir los (lúbricos) palos con un poco de aceite, favorece la inflamación, sobre todo en un principio cuando la llama no arde. Una vez que se enrojece el primer trozo (de madera) los demás prenden al poco tiempo (de ver se antoja) (la pizza), es cuestión de paciencia y determinación. La oxigenación en este punto es importante para ambas partes: bien es sabido que la combustión no es posible sin oxígeno, por lo que recomiendo (ampliamente) darle una (fuerte soplada) buena entrada de aire, eso siempre ayuda a prenderla rápido, pero cuidado, más de una vez con la cara de frente a la cavidad me ha sorprendido (avísenme) salpicándome el rostro de chispeantes partículas en llamas, así que más vale tener precaución a la hora de ejecutar maniobras avanzadas como ésta.

Una vez lograda la proeza de la ignición lo demás es lúdico; en ocasiones, durante el acto, llego a entrar en un reconfortante trance con la única sensación del rezumar de mis poros, la salinidad de mis labios y el lento discurrir del tiempo. En esos momentos de febril ofuscación de los sentidos mi pensamiento atraviesa como una flecha el fatídico («fétido» para ser exactos) sentido de todas las cosas: la entelequia (el fin, pues) del trigo, que más que una deliciosa pizza napolitana es el proceso digestivo, placentero, claro, pero que finalmente acaba (en el váter) convertido en (un pastel de) rigurosa (mierda) materia (fecal) orgánica, y está bien, la naturaleza es así.

Cuando despierto del (delicioso) letargo al que me induce la acalorada danza del fuego, normalmente a causa del (clímax) (de la noche, por supuesto) estrepitoso reír de un comensal por el éxtasis del momento o el grito de apoyo en la cocina, me siento relajada (nomás faltaba), distinta. No vuelves a ser el mismo tras ocho horas frente a las llamas.

La etapa más difícil de mis días con Candelaria es, sin duda, cuando las reservas de energía ya no dan para mantenerla (caliente) horneando, las fuerzas de mis músculos flaquean, la medianoche se acerca y los comensales van saliendo sonrientes (ebrios) y felizmente colmados de queso, pan y vino; es entonces cuando el fuego se va apagando (la costumbre…). Pasar de un vivo rojo a un naranja desvaído del escoldo nunca es fácil. Su calor me acoge hasta el último segundo y lo recuerda mi piel hasta el día en que nuestro indefectible ritual nos vuelva amalgamar.

La Comuna se encuentra ubicada en centro de la Ciudad de México, en la Colonia Obrera. Puedes contactarlos en la siguiente liga.

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